Miguel Tejera Jordán
Estuve este fin de semana en el Sur y regresé
a Santa Cruz verdaderamente deprimido. Quiero decir que estuve en el
sur de la Isla, no deprisa y corriendo, como hago siempre, pues voy
con bastante frecuencia. Esta vez me detuve para fijarme en muchos detalles.
Ninguno bueno. No mencionaré ninguna zona en concreto, para no
herir susceptibilidades. Pero lo verdad es que todo lo que contemplé
me dejó con muy mal sabor de boca. El Sur se ha vuelto inhabitable.
Sobran bloques de cemento, hormigón, grúas de la construcción,
camiones, palas mecánicas, amasijos de chatarra amontonados junto
a las carreteras. Faltan jardines, zonas verdes, paseos, limpieza. Sobra
porquería. Falta un sur para los seres humanos. Pero el Sur que
vi es ahora un sur destartalado, desvencijado, erigido sin orden ni
concierto. Estuve en un sur caótico, desorganizado, sumido en
la anarquía. El paisaje está roto, lleno de heridas por
aquí y por allá.
Las cajetillas de cigarros que comenzamos a fabricar
a finales de la década de los 60 y que posteriormente llamamos
apartamentos destinados al turismo que nos invadía, están
en su mayor parte cerradas. Apenas se ven luces encendidas en algún
que otro apartamento habitado. El resto de los bloques están
a oscuras. Hay abandono, dejadez, cutrería. Edificaciones que
se iniciaron y quedaron a la mitad. Fachadas desconchadas. Falta de
pintura. Los bajos de los edificios ofrecen locales comerciales clausurados
a cal y canto.
Hizo un calor infernal este fin de semana. Y únicamente la contemplación
del mar, y al fondo, de La Gomera, me vino a recordar el viejo sur de
mi infancia.
Ahora el Sur me resulta insoportable. Apenas queda un lugar que resulte
gratificante.
El turismo ha pasado una factura terrible a la Isla.
Cuando vuelva al Sur no quitaré los ojos de la carretera.
No vale la pena mirar a los lados.
Fuente: La Opinión de Tenerife,
28-03-06
