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No es que el pueblo de Santa Cruz esté
indignado, ni mucho menos, ni que probablemente a más del noventa
por ciento de la población le importen ya estas cosas un carajo,
pero tampoco es menos cierto que existen en Santa Cruz de Tenerife -cuyas
calles y parques durante décadas han ofrecido un verdadero espectáculo
botánico muy poco frecuente a lo largo del mundo- una minoría
de personas que lo están pasando realmente mal con algunas de
las cosas que se están viendo, sobre todo en relación
a la facilidad con la que nuestros políticos maltratan este patrimonio
único.
Este es el caso de una valiosísima
ceiba speciosa, o palo borracho, que florecía
por esta época justo en medio de la curva en la que termina la
prolongación de Ramón y Cajal, al pie del puente Serrador.
Hace unos días que un amigo, viejo aficionado a la botánica,
nos advertía del peligro que corrían un par de ejemplares
de esta especie, que desde hacía décadas embellecían
esa rotonda, debido a unas obras -aparentemente de canalizaciones- que
se llevan a cabo en la zona. Hasta allí fuimos este jueves para
ver los ejemplares pero se nos quedó la cara a cuadros cuando
observamos que las ceibas habían desaparecido acaso
para siempre.
No estamos acusando a nadie de ningún
delito contra la humanidad, ni de nada tipificado en el Código
Penal. Pero otra cosa es que en el libre ejercicio de la libertad de
expresión, y con todo respeto, afirmemos que al frente del carro
éste hay una serie de belillos -sin sensibilidad alguna- y que,
al mismo tiempo que están poniendo de oro a los viveros que se
dedican a las plantas de quita y pon -de temporada-, cogen
las motosierras y hacen verdaderos destrozos en un patrimonio que nuestros
viejos cuidaron con esmero en la época del hambre y la miseria.
Y es que da la impresión que desde que el nuevo Obispo consiguió
que el ayuntamiento de La Laguna le
metiera machete a un drago centenario que -al parecer- le daba mucha
sombra al patio de uno de los múltiples edificios con los que
cuenta la Iglesia Católica en esta ciudad, parece como si se
hubese abierto definitivamente la veda para arrasar por cualquier cosa.

Imágenes de la floración de
uno de los ejemplares desaparecidos

Características ramas

Imagen cedida de uno de los ejemplares desaparecidos

El ejemplar de la imagen superior se encontraba
justo delante del camión grúa
06-04-06
Triste primavera para el parque García Sanabria
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LEYENDA DEL PALO BORRACHO
Árbol de extraordinario desarrollo, pues alcanza hasta dos metros
de diámetro y quince de altura, es el palo borracho, científicamente
llamado Chorisia insignis. Crece en Misiones, Formosa, Chaco, Santiago
del Estero, Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y Santa Fe. Es conocido
además con los siguientes nombres: yuchán, algodonero,
painero, peinera, palo botella, palo barrigudo, samohú. Es de
extraordinaria belleza y no menos útil, ya que el hombre aprovecha
su fruto, su tronco, la corteza, etc.
Numerosas leyendas refieren el origen del mismo, pero la más
difundida, que corresponde al Norte del país, es la siguiente:
En el abultado tallo de un enorme palo borracho vivía el Padre
de los peces. Era el amigo de las tribus indígenas que habitaban
sus proximidades, y para que el alimento no llegara a faltarles, de
noche llenaba de agua y de peces el tronco, que durante el día
bajaban a la llanura y de ahí engrosaban el cauce de los ríos,
donde aquellos eran pescados.
Un día, uno de los indios decidió comerse a su protector.
Se acercó cautelosamente y, tendido con fuerza su arco, disparó
una flecha de guayacán, que certeramente atravesó el corazón
del Padre de los peces.
Horrorizado de su propia obra, vio que éste, en los esteriores
de su agonía, con su potente cola azotó todos los palos
borrachos de la región, los que al partirse arrojaban el agua
sobre el llano, buscando el nivel de todos los ríos.
Los hombres de las tribus, que hasta entonces vivían cercanos
unos a otros, se dispersaron y penosamente tuvieron que buscar el alimento,
guerreando a veces para obtenerlo. En este ir y venir, formaban pequeños
poblados, de los que poco a poco también fueron desalojados por
el empuje del hombre blanco que marchaba hacia el Norte.
El padre de los peces, alojado ahora en el fondo de la Tierra, oía
el fragor de las cruentas luchas, y de tanto en tanto asomaba una lengua
gigantezca de siete colores que cubría el cielo (el arco iris)
y trataba de que abandonaran sus bélicos ímpetus y se
asentaran, beneficiados por el trabajo fecundo.
Aún hoy, en que han pasado añares, hay quien a la vera
de arroyos y lagunas añora a aquel que durante las noches ponía
en el panzudo tronco del palo borracho miríadas de peces para
que las tribus no perecieran de hambre…
http://www.soygaucho.com/espanol/leyendas/elpaloborracho.html
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