Foro contra la Incineración

Tenerife
                         
Auditar el Auditorio
                         
15 - 05 - 06

 

JUAN HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA

El lamentable incendio del Palacio de los Condes del Valle de Salazar, la Casa Salazar, sede del Obispado de San Cristóbal de La Laguna, puso de manifiesto, una vez más, la imprevisión, la mala organización y las carencias de todo tipo que tan habituales son entre nosotros. Hoy en día se cuenta con medios que permiten minimizar este tipo de catástrofes. Pero nuestros responsables políticos se gastan los fondos públicos en empresas más aparentes, con las que creen ganar más votos, y el incendio -originado por una probable imprudencia interna- corroboró que un edificio de las características del Palacio, una joya barroca del siglo XVII, con una gran cantidad de obras de arte en su interior, además, no contaba con un sistema de prevención, detección y extinción de incendios, ni con una instalación eléctrica homologada. No es aceptable que, por ejemplo, se dilapiden ingentes cantidades de dinero público en disparates escultóricos no funcionales como el Auditorio, y que, por el contrario, no se haya gastado ni un euro en proteger al edificio siniestrado y a tantos otros similares a él. Y eso en una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad.

El problema es todavía mayor, porque hasta edificios públicos restaurados recientemente no tienen incorporados sistemas completos de lucha contra incendios. Y de la seguridad de los nuevos no se proporciona demasiada información. De modo que se impone una auditoría sobre las medidas de seguridad con las que cuentan tales edificios. Refiriéndonos al Auditorio, en concreto, hace tiempo escribimos que no queríamos ni pensar en lo que pasaría si hubiera que desalojar con urgencia su sala sinfónica completamente llena. Y añadíamos que menos mal que a la salida se abren unas puertas superiores. Pues bien, las obras realizadas durante varios meses -con el secretismo habitual- se han limitado, entre otras cuestiones, y aparte de instalar el órgano, a cerrar su inhóspito vestíbulo, para tratar de evitar las intensas corrientes de aire y el frío que reinaban en su interior, permanente peligro para la salud de sus usuarios, y a eliminar la última butaca exterior en algunas filas.

Porque una cosa es que los espectadores se hacinen en largas y mal distribuidas filas de incómodas butacas de multicine, a las que, dada su escasa separación, no hay manera de acceder sin hacer levantar a todos los del camino. O que la pendiente y las dimensiones de las escaleras hagan peligroso su descenso, y se produzcan caídas a pesar de los pasamanos incorporados. O que no se haya tenido la valentía de aprovechar las reformas para sustituir las butacas y cambiar su distribución en dos bloques con un único pasillo central de subida y bajada, por una adecuada con un mínimo de tres bloques con dos pasillos, una mayor separación del escenario y algún pasillo de desplazamiento horizontal añadido. Una cosa es que la circulación de entrada y salida de la sala esté mal resuelta, y que sus numerosas puertas laterales conduzcan a dos únicas feas escaleras de casa barata y a dos peligrosos puntos de estrangulamiento, anteriores al vestíbulo y la posibilidad de apertura total de su cerramiento. Una cosa son las múltiples deficiencias y atentados al sentido común que sufrimos sus usuarios cada vez que pisamos el Auditorio; y otra cosa muy distinta es que esas deficiencias y esos atentados afectaran a la seguridad, que no cumplieran lo establecido por las normas correspondientes o que, por ejemplo, no permitieran desalojar la sala en el tiempo exigido por dichas normas. Nos tranquilizaría que todo eso estuviera garantizado. También nos tranquilizaría que el edificio contara ya con una licencia de apertura definitiva, y no funcionara a base de una licencia particular para cada espectáculo. Y que hubieran sido recibidas ya sus instalaciones contra incendios.

En el capítulo de las incomodidades y las inconveniencias, producidas por las graves deficiencias del edificio y de su entorno, todo sigue igual después de las obras. Por otro lado, se perciben problemas de gestión. No es necesario prestar mucha atención durante las audiciones para percibir el ruido del aire, demasiado alto. En el inmenso vestíbulo las personas que lo necesitan sólo cuentan con unos escasos e incómodos bancos para sentarse, sustitutos de las antiguas sillas y, eso sí, de estética muy pretenciosa. El guardarropa sigue sin existir, y a veces su ausencia no se nota demasiado porque al abrir las puertas las corrientes de aire frío penetran en la sala y obligan a abrigarse en su interior. Los altavoces o no se oyen o suenan estridentemente. Como el material utilizado no absorbe, sino refleja el sonido, el ruido de las conversaciones es ensordecedor. No hay nada parecido a una cafetería -y no digamos restaurante-, salvo una especie de barra sin tomas de agua. Hay días que falta el agua o el jabón en los servicios. Y no resulta muy presentable que el de caballeros, con la puerta abierta, se encuentre junto a la taquilla "provisional", ni que las señoras de la limpieza permanezcan en su interior en horas de función, como ha ocurrido en varias ocasiones.

Los aparcamientos se han reservado para el personal del Auditorio -y las autoridades, claro está-, y los espectadores se ven obligados a aparcar en solares no muy cercanos, de precaria existencia futura. Existe una parada de guaguas de funcionamiento intermitente, que se limita a conectar con la calle Bravo Murillo, no hay paradas de taxis, y encontrar uno a la salida, incluso llamando a un radio-taxi, se convierte en una misión heroica. Con el agravante de que los rezagados pueden ver amenazada su seguridad en la soledad nocturna de los alrededores sin urbanizar.

El Auditorio ha supuesto un derroche económico desproporcionado y un desastre funcional de imposible reparación. Es una descomunal escultura cuya principal función no es ser un Auditorio de música, y ni siquiera poder ser utilizada para algo concreto, sino constituir un referente social y político. Y en donde la que tendría que ser su única y auténtica finalidad está sacrificada brutalmente a la funcionalidad estética y simbólico-representativa. Hubiera sido deseable, por citar un hecho, que el mar constituyera para el Auditorio algo más que un molesto vecino. Sin embargo, la única relación con lo marino son las corrientes de aire, que se convierten en viento desagradable en los alrededores del edificio y en sus oscuras y desoladas terrazas exteriores; y no existe nada parecido a miradores acristalados para contemplar el mar.

El vestíbulo parece cualquier cosa menos la antesala de un teatro. Podría ser perfectamente un salón de empaquetado de plátanos o la sala de facturación de un aeropuerto. Puestos a rentabilizar su uso, se puede hacer alguna sugerencia. Tendría una utilidad para el tranvía, otra de las empresas faraónicas que, a pesar de ser discutibles y de no gozar de general aceptación y de consenso ciudadano, nos han impuesto en plan trágala autoritario nuestros inefables gobernantes. Sería una espléndida estación alternativa al intercambiador. Aunque los altavoces no se oirían mucho.

Diario de Avisos, 05-02-06

AUDITORIO

 

 
                         
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