JUAN HERNÁNDEZ BRAVO DE LAGUNA
El lamentable incendio del Palacio de los Condes del
Valle de Salazar, la Casa Salazar, sede del Obispado de San Cristóbal
de La Laguna, puso de manifiesto, una vez más, la imprevisión,
la mala organización y las carencias de todo tipo que tan habituales
son entre nosotros. Hoy en día se cuenta con medios que permiten
minimizar este tipo de catástrofes. Pero nuestros responsables
políticos se gastan los fondos públicos en empresas más
aparentes, con las que creen ganar más votos, y el incendio -originado
por una probable imprudencia interna- corroboró que un edificio
de las características del Palacio, una joya barroca del siglo
XVII, con una gran cantidad de obras de arte en su interior, además,
no contaba con un sistema de prevención, detección y extinción
de incendios, ni con una instalación eléctrica homologada.
No es aceptable que, por ejemplo, se dilapiden ingentes cantidades de
dinero público en disparates escultóricos no funcionales
como el Auditorio, y que, por el contrario, no se haya gastado ni un
euro en proteger al edificio siniestrado y a tantos otros similares
a él. Y eso en una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad.
El problema es todavía mayor, porque hasta edificios
públicos restaurados recientemente no tienen incorporados sistemas
completos de lucha contra incendios. Y de la seguridad de los nuevos
no se proporciona demasiada información. De modo que se impone
una auditoría sobre las medidas de seguridad con las que cuentan
tales edificios. Refiriéndonos al Auditorio, en concreto, hace
tiempo escribimos que no queríamos ni pensar en lo que pasaría
si hubiera que desalojar con urgencia su sala sinfónica completamente
llena. Y añadíamos que menos mal que a la salida se abren
unas puertas superiores. Pues bien, las obras realizadas durante varios
meses -con el secretismo habitual- se han limitado, entre otras cuestiones,
y aparte de instalar el órgano, a cerrar su inhóspito
vestíbulo, para tratar de evitar las intensas corrientes de aire
y el frío que reinaban en su interior, permanente peligro para
la salud de sus usuarios, y a eliminar la última butaca exterior
en algunas filas.
Porque una cosa es que los espectadores se hacinen en
largas y mal distribuidas filas de incómodas butacas de multicine,
a las que, dada su escasa separación, no hay manera de acceder
sin hacer levantar a todos los del camino. O que la pendiente y las
dimensiones de las escaleras hagan peligroso su descenso, y se produzcan
caídas a pesar de los pasamanos incorporados. O que no se haya
tenido la valentía de aprovechar las reformas para sustituir
las butacas y cambiar su distribución en dos bloques con un único
pasillo central de subida y bajada, por una adecuada con un mínimo
de tres bloques con dos pasillos, una mayor separación del escenario
y algún pasillo de desplazamiento horizontal añadido.
Una cosa es que la circulación de entrada y salida de la sala
esté mal resuelta, y que sus numerosas puertas laterales conduzcan
a dos únicas feas escaleras de casa barata y a dos peligrosos
puntos de estrangulamiento, anteriores al vestíbulo y la posibilidad
de apertura total de su cerramiento. Una cosa son las múltiples
deficiencias y atentados al sentido común que sufrimos sus usuarios
cada vez que pisamos el Auditorio; y otra cosa muy distinta es que esas
deficiencias y esos atentados afectaran a la seguridad, que no cumplieran
lo establecido por las normas correspondientes o que, por ejemplo, no
permitieran desalojar la sala en el tiempo exigido por dichas normas.
Nos tranquilizaría que todo eso estuviera garantizado. También
nos tranquilizaría que el edificio contara ya con una licencia
de apertura definitiva, y no funcionara a base de una licencia particular
para cada espectáculo. Y que hubieran sido recibidas ya sus instalaciones
contra incendios.
En el capítulo de las incomodidades y las inconveniencias,
producidas por las graves deficiencias del edificio y de su entorno,
todo sigue igual después de las obras. Por otro lado, se perciben
problemas de gestión. No es necesario prestar mucha atención
durante las audiciones para percibir el ruido del aire, demasiado alto.
En el inmenso vestíbulo las personas que lo necesitan sólo
cuentan con unos escasos e incómodos bancos para sentarse, sustitutos
de las antiguas sillas y, eso sí, de estética muy pretenciosa.
El guardarropa sigue sin existir, y a veces su ausencia no se nota demasiado
porque al abrir las puertas las corrientes de aire frío penetran
en la sala y obligan a abrigarse en su interior. Los altavoces o no
se oyen o suenan estridentemente. Como el material utilizado no absorbe,
sino refleja el sonido, el ruido de las conversaciones es ensordecedor.
No hay nada parecido a una cafetería -y no digamos restaurante-,
salvo una especie de barra sin tomas de agua. Hay días que falta
el agua o el jabón en los servicios. Y no resulta muy presentable
que el de caballeros, con la puerta abierta, se encuentre junto a la
taquilla "provisional", ni que las señoras de la limpieza
permanezcan en su interior en horas de función, como ha ocurrido
en varias ocasiones.
Los aparcamientos se han reservado para el personal
del Auditorio -y las autoridades, claro está-, y los espectadores
se ven obligados a aparcar en solares no muy cercanos, de precaria existencia
futura. Existe una parada de guaguas de funcionamiento intermitente,
que se limita a conectar con la calle Bravo Murillo, no hay paradas
de taxis, y encontrar uno a la salida, incluso llamando a un radio-taxi,
se convierte en una misión heroica. Con el agravante de que los
rezagados pueden ver amenazada su seguridad en la soledad nocturna de
los alrededores sin urbanizar.
El Auditorio ha supuesto un derroche económico
desproporcionado y un desastre funcional de imposible reparación.
Es una descomunal escultura cuya principal función no es ser
un Auditorio de música, y ni siquiera poder ser utilizada para
algo concreto, sino constituir un referente social y político.
Y en donde la que tendría que ser su única y auténtica
finalidad está sacrificada brutalmente a la funcionalidad estética
y simbólico-representativa. Hubiera sido deseable, por citar
un hecho, que el mar constituyera para el Auditorio algo más
que un molesto vecino. Sin embargo, la única relación
con lo marino son las corrientes de aire, que se convierten en viento
desagradable en los alrededores del edificio y en sus oscuras y desoladas
terrazas exteriores; y no existe nada parecido a miradores acristalados
para contemplar el mar.
El vestíbulo parece cualquier cosa menos la antesala
de un teatro. Podría ser perfectamente un salón de empaquetado
de plátanos o la sala de facturación de un aeropuerto.
Puestos a rentabilizar su uso, se puede hacer alguna sugerencia. Tendría
una utilidad para el tranvía, otra de las empresas faraónicas
que, a pesar de ser discutibles y de no gozar de general aceptación
y de consenso ciudadano, nos han impuesto en plan trágala autoritario
nuestros inefables gobernantes. Sería una espléndida estación
alternativa al intercambiador. Aunque los altavoces no se oirían
mucho.
Diario de Avisos, 05-02-06

AUDITORIO