José Rodríguez ha perdido
completamente la cabeza: y lo peor no es que él la haya perdido.
Lo peor es que tiene uno la sensación de que la entera sociedad
de Tenerife permanece cómplicemente impasible ante la absoluta
demencia de un escribidor ágrafo y xenófobo, encaramado
al frente del periódico de mayor difusión de Tenerife.
El silencio de la mayoría no tiene excusa: porque una cosa es
pasar por alto estupideces como la reclamación absurda de que
la reforma del Estatuto de Autonomía cambie el nombre de Gran
Canaria por el de Canaria, amparándose en abracadabrantes razones
esotéricas. O mirar para otro lado ante la grosería y
zafiedad con la que se califica editorialmente a miembros del Gobierno
regional como José Carlos Mauricio, Antonio Castro Cordobez,
Isaac Godoy o José Miguel Ruano, por el mero hecho de no haber
nacido en Tenerife. O reírse a mandíbula batiente cuando
nuestro editorialista se desparrama con reflexiones sobre la vileza
conspirativa de todos los no nivarienses, empeñados -según
él- en convertir Tenerife en un erial. En fin, todo eso es soportable:
puede uno pensar que tal catálogo de variopintas sandeces es
consecuencia de un pensamiento terminal, agotado, una forma de ver el
mundo definitivamente anclada en la senilidad.
Durante años, todo el mundo en Tenerife ha pasado por alto este
turbio asunto: "Esos editoriales no los lee nadie", dicen
los políticos... "son las cosas de Pepito...", insisten.
Pues no. No se puede seguir manteniendo una actitud silenciosa o cobarde
ante un personaje que es capaz de hacer llamamientos a la violencia
xenófoba, de jalear la "resistencia" de los vecinos
a que la Cruz Roja acoja en La Montañeta a menores inmigrantes,
o que se atreve a calificar la crisis humanitaria de los cayucos como
"una invasión de africanos de raza negra pura -salvo caso
de sida o enfermedades contagiosas-, la cual, como todo el mundo sabe,
prima sobre la blanca en caso de mezclarse" (sic).
Barbaridades como esta jalonan los editoriales de El Día desde
hace cuatro años, y han ido subiendo el tono hasta superar lo
admisible. Pronunciarse a favor del odio racial es hoy un delito tipificado
por ley y castigado en los tribunales con penas de cárcel. José
Rodríguez Ramírez comenzó sembrando el miedo entre
los tinerfeños al asegurar en sus editoriales que las pateras
y cayucos transportan miembros de Al Qaeda o la enfermedad del ébola.
No contento con falsear la verdad -lo que traen las pateras son personas
exhaustas, hambrientas y asustadas- y con sembrar el miedo entre sus
lectores, el dueño de El Día se ha lanzado ahora a incitar
al odio racial y a denunciar un inexistente plan para que Tenerife se
convierta en lo que denomina "una sociedad mestiza". Hasta
ahora, nadie ha dicho nada: ni la Cruz Roja, ni las ONG, ni el Foro
sobre Emigración, ni la Iglesia, ni las autoridades. Todo el
mundo silba. Y ya está bien. O empezamos a reaccionar o José
Rodríguez va a conseguir que se recuerde a Tenerife como un remedo
tropical de El Ejido.
* Francisco Pomares
Fuente: La Opinión de Tenerife, 27-05-06
