Antonio Álvarez de la Rosa
Estoy seguro de que, en su inmensa mayoría, los que compran
El Día no leen sus editoriales. De lo contrario, a mis escasas
entendederas les costaría aún más comprender que
ese sea el diario más vendido en la isla de Tenerife y, por si
ello no fuera suficiente, el más temido por sus políticos.
Hace muchos años que dejé de frecuentar esas páginas
-de momento, no busco las esquelas ni necesito encontrar trabajo-, pero
de vez en cuando, mientras espero mi turno en la peluquería o
en alguna consulta médica, vuelvo a tropezarme con sus dos piedras
angulares: el tinerfeñismo paranoico e hiriente y el reduccionismo
de una derecha vetusta. Como es bien sabido, un editorial es un artículo
sin firma en el que se refleja la opinión de la dirección,
constituye la quintaesencia de un periódico, su ADN ideológico
con el que se identifican sus lectores, dicho sea grosso modo. Desde
hace unos meses, desde que hemos empezado a sentir en carne tinerfeña
la tragedia emigrante de África, el diario dirigido por José
Rodríguez destila racismo en sus editoriales tonitronantes, apocalípticos
y mal escritos (Nada nuevo, en este sentido, porque siempre han sido
un modelo de estrechez literaria). Dejemos la pobreza de su estilo,
aunque me cueste porque, como Flaubert, creo que "el estilo es
el hombre", que no puede haber buen fondo con malas formas. Lo
que ahora me parece alarmante es la sal gorda de sus latigazos racistas.
No porque me preocupe la opinión personal del director y propietario
de El Día, sino porque estoy convencido de la responsabilidad
social de un medio de comunicación, la necesidad de que, desde
la independencia de su criterio, contribuya al bienestar social colectivo,
a elevar el nivel reflexivo de sus lectores, a no fomentar el visceralismo
de las emociones más primarias.
Dos ideas se amalgaman en esos preocupantes editoriales. Por un lado,
el sentimiento por la desaparición de unas islas que nunca existieron,
"un paraíso natural de envidiable paz debido al apacible
carácter de sus habitantes" (18-5-2006), la nostalgia de
una Edad de oro, tiempo edénico en el que los canarios gozábamos
de la admiración mundial, la añoranza de nuestro locus
amoenus, de las verdes praderas, aves canoras, cristalinos arroyos,
todo ello encumbrado, por supuesto, por nuestro Teide, gigante Generalife.
Por otro lado y tras la tristeza por la pérdida de ese beatus
ille horaciano y atlántico, la obligación de "mantener
la pureza de la sangre de raza blanca en Tenerife" (En Las Palmas
de Gran Canaria, dicho sea de paso y también según el
aludido editorialista, el problema no es tan grave, porque allí
"mucha gente no considera a los berberiscos tan extraños
étnicamente". Gracias a Dios, supongo, la provincia de Santa
Cruz de Tenerife, la Nivaria añorada, "está a años
luz de esas ideas"). Llegados a este extremo, con la piel del pensamiento
erizada con el eco del eco nazi que encierra esa "pureza",
conscientes de que el director de El Día pisa la dudosa luz del
delito, uno recurre a asideros claros para no perderse en la pasividad
o complicidad ciudadanas ante tamaños disparates. Primero, me
agarro al diccionario, a la búsqueda de la definición
de racista: "El que tiende a considerar unas razas superiores a
otras y, como consecuencia, a discriminar a las inferiores" (Diccionario
del español actual, de Manuel Seco et alii). Delimitado el territorio
en el que nos movemos, sabedor de que ya hace quince años que
el Tribunal Constitucional dejó muy claro que el principio de
la libertad de opinión o de expresión no autoriza a nadie
a hacer declaraciones racistas o xenófobas, no veo más
salida que consultar el Código Penal, el vigente desde hace diez
años, para constatar que son varios los artículos que
condenan la discriminación y el odio raciales.
En otro editorial (20-5-2006), dedicado al actual Consejero de Economía
y Hacienda del Gobierno de Canarias, "Mauricio, el africano",
José Rodríguez exige al Presidente que le sustituya por
otro, "si quiere de la misma calaña política comunistoide",
porque "está poniendo en peligro el bienestar de la población
mayoritaria del Archipiélago, es decir, la de raza blanca y origen
europeo". Sabía que José Carlos Mauricio arrastra
las pesadas cadenas de un currículum avieso y camaleónico,
capaz de ir sembrando de cadáveres políticos su camino
hacia, por y para el poder. Lo que ignoraba eran sus cualidades de "reyezuelo
africano" o tal vez "de gran capo del negocio de las ventas
de pateras". La paranoia antigrancanaria de José Rodríguez
mezclada con sus ideas racistas forman un cóctel realmente explosivo.
Esa manera disparatada de argumentar es más propia del que pontifica
apoyado en la barra del bar, de uno de esos ciudadanos que creen tener
la llave que abre de par en par la complejidad del mundo en el que vivimos.
Es esta una actitud que mueve incluso a la lástima, porque no
trasciende su exiguo espacio personal. Sin embargo, cuando esa misma
mentalidad se hace papel de periódico, se publica en el diario
más leído de Tenerife, se me disparan las alarmas sociológicas.
¿Es posible que sean esas ideas las que anidan en la intimidad
de la mayoría de sus lectores, que en esta isla el racismo sea
una mina por explotar?
Fuente: La Opinión de Tenerife, 18-06-06

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