Carmen Ruano
Todos los que estamos en el difícil y complicado tránsito
que va de la madurez a la ancianidad sólo deseamos una cosa:
no perder la cabeza. Que viene a ser lo mismo que no perder la dignidad,
porque en el reconocimiento público acabar los días en
una silla de ruedas es algo que da pena y promueve la compasión,
pero terminar la vida repartiendo montaditos de salchichón y
queso entre las palomas del García Sanabria, por el contrario,
da risa y fomenta la coña marinera.
No recuerdo quién fue el que dijo que hay que tener mucho cuidado
para no morir de éxito, pero me gustaría añadir
que hay personas que si bien no mueren de éxito, sí quedan
extrañamente baldadas. Este parece ser el caso de José
Rodríguez Ramírez, editor del periódico El Día,
que en plena senescencia ha trastocado la realidad y ha perdido la sensatez.
Es probable, también hay que decirlo, que a esta situación
hayan contribuido personajes públicos que, para garantizarse
una buena prensa, no dudaron en homenajearlo en exceso, colmarlo de
placas y distinciones y sembrar su nombre por el callejero de la Isla.
Y no es menos cierto también que alguno quizás lo hizo
sin esperar nada a cambio, pero al honrar al editor abrió la
caja de los truenos de la competencia mezquina y allá emprendieron
algunos la carrera de ver cuál era la calle más grande,
la placa más ostentosa o el galardón más rimbombante.
Convendrán conmigo que, aturdido por tanto agasajo, cualquier
persona podría perder el norte.
Inmerso en esta vorágine aduladora, José Rodríguez
se creyó y se proclamó prócer de Nivaria y padre
de la patria. Y sintiéndose senador, ha querido emular a Séneca
con una prolífica obra que, al igual que el filósofo,
podríamos agrupar en los diálogos morales y las tragedias.
Si se hiciera una edición de sus obras completas habría
un único e inmejorable título que las englobaría
a todas: asuntos para no olvidar, el epílogo epistolario con
el que José Rodríguez culmina sus editoriales dominicales,
un vestigio del periodismo antiguo, de cuando a la prensa se le ponía
el adjetivo de canallesca y había periodistas sobrecogedores
que extendían la mano para recibir el precio y el premio por
sus escritos.
Pero a lo que iba. Las tragedias son dos: el expolio y/o despojo y
la invasión de gente de color (por decirlo con un eufemismo y
no con tintes racistas al estilo de El Día). Esta última
no parece preocupar más de la cuenta al prócer de Nivaria,
que con el mismo ímpetu que ha declarado la superioridad de la
raza blanca (sic) lleva una semana reculando y dando explicaciones sobre
su supuesta xenofobia que no es otra cosa que el rechazo a cualquier
intento de africanización de Canarias que, como todo el mundo
sabe, se ubica geográficamente entre el estrecho y las Islas
Baleares según los mapas meteorológicos al uso en esa
época.
La prosa de José Rodríguez alcanza su máxima expresión
en las trágicas epístolas sobre el expolio, el ultraje,
la rapiña, el pillaje, la expropiación y el despojo a
que está siendo sometida Tenerife, hasta tal punto que por el
afán descuartizador del editor más parece un mondongo
que una Isla. Los autores de tanta masacre se dividen, a su vez, en
tres: los perversos canariones (¡vade retro!), los traidores (gente
de diversa calaña) y los abúlicos dirigentes tinerfeños
(¡despierta, Tenerife!), cómplices por omisión del
nivaricidio que se comete año tras año.
Harto de predicar en el desierto de una clase social que sólo
se conmueve, agita y apasiona por los partidos del mundial de fútbol,
el editor ha emprendido su particular cruzada contra el enemigo canarión
desempolvando antiguos mapas del Archipiélago con la idea inicial
de que Gran Canaria se desprenda del Gran y quede como Canaria, a secas
para bajarle los humos a sus manías de grandeza. Pero esto es
sólo el principio. Mucho me temo que José Rodríguez
ha iniciado una cruzada particular en busca de su santo grial que no
es otro que hallar un mapa donde no aparezca la isla de Menosgran Canaria
y mucho menos el extinto Dedo de Dios, más conocido como se ha
apresurado a contar como Roque Partido o Roque hecho añicos.
Y puestos así, los de allá responden que lo último
que hizo el dedo de Dios antes de irse al fondo del mar fue apagar la
luz en Tenerife. Y ya la hemos liado.
Los diálogos morales tampoco tienen desperdicio. Sin ir más
lejos no hace mucho publicaba uno referido a una iniciativa parlamentaria
que pretende regular el estatus de los expresidentes canarios y que
decía lo siguiente: "Es propio de las repúblicas
bananeras que sus clases dirigentes imiten los fastos de las naciones
ricas, gastando lo que no tienen...". Y no digamos cuando, hablando
del turismo, decía que mantener alto el listón es una
responsabilidad, no sólo de la Administración, sino "que
todos los habitante de la Isla, trabajadores directos del sector o no,
también han de aportar su granito de arena para hacer agradable
la estancia al turista y ayudar a que repita visita o, cuando menos,
que recomiende a sus allegados unas vacaciones en Tenerife".
El editor de El Día tiene una especial predilección por
los epigramas, en los que es proclive al insulto, aunque por cobardía
enmascara tanto al protagonista de su dardo que termina conviertiéndolos
si no en criptogramas, sí en divertidas adivinanzas. Por el contrario,
debería -salvando las distancias- tomar nota de este epigrama
del ingenioso Marcial: no recitas nada y quieres ser tenido por poeta:
sé lo que quieras, con tal que no recites nada.
Fuente: La Opinión de Tenerife, 25-06-06

25-06-06
'El Día' sitúa a uno de cada tres canarios en la 'miseria,
malviviendo entre ratas y basuras'
