Francisco Pomares
Ayer me quedé pasmado ante una enorme valla publicitaria del partido de Ignacio González, en la que él mismo Nacho, en pose de aguerrido telepredicador, promete acabar con los contratos basura, representados en la imaginería publicitaria sobre otros tantos contenedores de porquería. No recuerdo haber visto nunca una promesa política representada de una manera tan contundentemente atrabiliaria. La valla del partido de Ignacio González me recordó los carteles universitarios de la ultraizquierda maoísta o troskista en los últimos años 70, prometiendo el paraíso proletario. Sólo que en vez de Trosky o Mao, sale Nacho González impecablemente maquillado y con pinta de glamoroso rufián de telenovela. Reflexiono sobre esta nueva forma de hacer publicidad política, nunca antes ensayada en Canarias y me pregunto si estamos sólo ante la simplificación publicitaria de un objetivo político. ¿O es más bien un nuevo paso hacia la degradación del mensaje, a la búsqueda de la captación de la atención ajena? Si así fuera, la valla de Ignacio González sería a la publicidad política lo que la telebasura es a la tele: un puro marcador de audiencia.
Telebasura y su correlato en política: me preocupa el lenguaje cada vez más zafio y grosero que se utiliza en el debate público: esto se ha degradado tanto que las menciones a lo gallináceo son de doctorado. No soy un mentecato ni un meapilas ni un estrecho. No me ofenda ni me altera la bilirrubina que Nacho González se haga oír a base de exabruptos, o considere un argumento político contra Paulino Rivero el tiempo que dura un polvo. En el caso de Nacho González -y en el de Lorenzo Olarte, instalado en el mismo partido y en el mismo discurso- lo que hacen ambos es recurrir al trazo grueso y la grosería para conseguir titulares que si no, no lograrían.
Otro ejemplo: personalmente creo que es un dispendio gastar sesenta kilos de las antiguas pesetas en lo de bandera de Gran Canaria. Pero no me parece de recibo rechazar públicamente el izado de la desproporcionada enseña de marras, calificando a Soria de "mentecato, pueblerino, acomplejado y megalómano". Tanto adjetivo esconde el deseo de llegar al titular -a la audiencia, pues- por el camino más rápido. Los cuatro insultos de Olarte a Soria podrían perfectamente ser sustituidos por un solo calificativo, el de "excesivo", mejorando el argumento.
Pero cada día más, política y periodismo recurren a una constante simplificación de los discursos creyendo que así se llega a más gente: quizá sea cierto, pero lo es también que no se puede reducir el nivel hasta el extremo de que la onomatopeya sustituya al concepto. La diarrea de palabros agresivos y griteríos cacofónicos de la tele está contaminando hasta la pura asfixia un mundo -el de lo público- que debería -debería, digo- ser lugar de privilegio para las ideas.
Fuente: La Opinión de Tenerife, 30-09-06
