Francamente uno cree que esta tierra es la más cojonuda del mundo, por multitud de motivos. La mayoría de ellos, seguramente, tienen que ver con unas condiciones naturales realmente fantásticas e irrepetibles que, si bien ofrecieron a nuestros antepasados unas circunstancias de vida en ocasiones hostiles, en los tiempos que corren muchos avances científicos y técnicos nos deberían permitir vivir en un auténtico paraíso terrenal. Es por eso que resulta francamente incomprensible el comprobar cómo cada día que pasa la situación se vuelve más y más irrespirable, desde todos los puntos de vista.
La tarde de este jueves tenía la oportunidad de oír a un montañero canario que, desde hace unos años, está empeñado en alcanzar las cimas de las montañas más altas del Mundo, hasta ahora con bastante éxito. Le entrevistaban en 'Radio Club', en un programa de deportes, y cuando el periodista le preguntó si no sentía miedo a 8.000 metros de altura, con lo peligroso que es eso, el tipo le espetó que a él lo que realmente le daba miedo era volver a Canarias, después de dos meses de ausencia, porque veía cómo 'el piche y el cemento se estaba apoderando de todo'. El periodista, que no se lo esperaba, se quedó tartamudeando porque en Canarias está prohibido poner en cuestión este desarrollismo sin sentido, sobre todo en los medios de comunicación.
Pero cuando realmente casi se me cae el alma a los pies fue por la mañana subiendo al Teide poco después de las siete de la mañana, por razones de trabajo. Iba oyendo en la radio a Pepe Moreno, de Radio 'El Día', mientras realizaba su delirante programa diario donde presenta a la sociedad de Tenerife su particular forma de interpretar la realidad de esta tierra. La 'primera llamada del día' se la hizo nada menos que a Ricardo Melchior, quien no dejaba de echar espuma por la boca ante la posibilidad de que el Ministerio de Defensa habilite el cuartel abandonado de Las Canteras para que los inmigrantes no sigan metidos en unas tiendas de campaña ante la llegada del invierno.
Poco más tarde entrevistaba, para terminar de joderla, a Ángel Llanos, el bocazas más grande del mundo, que ahora pretende gastarse cerca de 100 millones de pesetas nada menos que en poner una bandera de Tenerife gigantesca en Santa Cruz. Todo porque su jefe, el padre político de casi todas las corruptelas descubiertas en Canarias en los últimos tiempos, ha plantado -con el dinero de los ciudadanos, no de las arcas del PePe- un gigantesco trapo en una plaza de Las Palmas.
Y aunque realmente ya uno está acostumbrado a oír a toda esta escoria política y mediática que controla todo en Tenerife, junto a los jefes que les mantienen ahí que no son otros que la media docena de piratas del piche y del cemento que les pagan todas las facturas, las nauceas estuvieron a punto de llevarme al vómito si no es porque tuvimos la oportunidad de disfrutar, como otros tantos días, de un amanecer francamente fantástico con el Sol saliendo, sobre un brillante mar de nubes, encima la isla hermana de Gran Canaria.
Y hombre, dentro de tanta porquería y en solidaridad con las miles de personas que estaban metidas en los atascos a esa hora oyendo 'Radio Club' o 'El Día' -simplemente porque unos golfos han decidido que es prioritario un tranvía, para unos pocos 'afortunados', que carriles de guaguas para todos por la décima parte del presupuesto-, para terminarse de crispar desde tan temprano, quería compartir con nuestro pequeñito pero valioso grupo de amigos la imagen de otro amanecer realmente hermoso que, al menos a mí, me ayudó bastante a sobreponerme a tanta mierda en la esperanza de que seguirá amaneciendo para todos, aunque unos cuantos golfos pretendan apoderarse hasta de nuestra almas, creando odios entre canarios, sembrando la xenofobia, la insolidaridad y el miedo -todo por un poco de poder y de teta- en una sociedad que históricamente ha sido capaz de superar toda suerte de dificultades. Hasta que llegaron estos piratas y sinvergüenzas que, esta vez sí, parece que nos tienen cogidos entre la espada y la pared. Eso si no somos capaces, entre todos, de pararles las patas.