Carmen Ruano
Si Ignacio González Santiago fuera un producto comercial en lugar de un político con costurones -provocados por sus reveses en los partidos en los que ha militado- ya me habría puesto en contacto con alguna oficina de consumidores para denunciarlo por publicidad engañosa. Me refiero a su última campaña sobre los contratos basura y la idea que vende de que si lo votamos a él -y a su partidito- seguro que arregla la cuestión. Nada más lejos de la realidad, claro.
Ignacio, Nacho, González Santiago es el Frankenstein de la política canaria, donde ha intentado, sin éxito, hacerse con una cuota importante de poder. Esas aventuras han terminado siempre mal y con Nacho lleno de costurones, ya sea en el Partido Popular, ya sea en el Gobierno, en el CCN, dentro de Coalición Canaria o al margen de los nacionalistas. De hecho, su periplo con los conservadores fue un tanto trágico porque, ambicioso y pipiolo, padeció lo indecible a manos de Francisco de la Barreda, una especie de Fredy Kruger que, con el llamado caso Bango, lo dejó hecho un cristo y de patitas en la calle.
Aunque ya muchos no lo recuerden, Nacho Frankenstein llegó a formar parte del Gobierno de Canarias. Fue consejero de la Presidencia e intentó sacar una suerte de lotería que casi le provoca un infarto a Manuel Hermoso, a la sazón presidente del Gobierno regional. De esta forma, Nacho se cavó su propia tumba y aún hoy, pasados los años, recuerdo con ternura cómo apostaba con los periodistas que los rumores sobre su cese eran eso, sólo rumores. Se convenció de que la cosa iba en serio cuando vio su destitución publicada al día siguiente en los periódicos y finalmente cayó en la cuenta de que era verdad cuando le llegó el Boletín Oficial con el nombramiento de su sucesor. Y otra vez, Nacho Frankenstein se vio de patitas en la calle.
Comprenderán que tras esos reveses, que no fueron moco de pavo, Ignacio González Santiago optara por un retiro forzado. Más de uno, incluso, llegó a pensar que había muerto para la política. Estaban equivocados. Si consiguió que papá le comprara el pepé, ahora él intentaría adquirir un partidito. En el laboratorio, a escondidas del mundo, recomponiendo sus heridas y cosiendo los jirones, Nacho Frankenstein esperó pacientemente hasta que el CCN, desgarrado incluso más que él, se le puso a tiro. Y dicho y hecho. Aunque el traje le venía incómodo, porque los centristas estaban coaligados con los nacionalistas y entre ambos no había química, ni física. Y tanto empujaba Nacho para arriba como los demás le empujaban para abajo. Les ahorro los detalles más truculentos y les resumo que finalmente se consumó la ruptura. Y Nacho se hizo con un partido a su medida.
A su medida, pero irrelevante. Consiguió hacerse con algún tránsfuga y perdió a otros tantos tránsfugas en el camino, así que sólo le quedaba una vía para hacerse un hueco en política: llamar la atención. De cualquier manera. Y llegado este punto, debo incluir esa coletilla morbosa que está tan de actualidad: les advierto que lo que viene a continuación puede herir la sensibilidad del lector. Avisados quedan. Por ejemplo, el CCN (Centro Cómplice de Nacho) empezó a enviar notas de dudoso mal gusto arremetiendo con la familiaridad existente en el Gobierno de Canarias. Ya saben, eso de que Adán Martín tiene a su novia y a su cuñada colocadas en el Ejecutivo y alguna que otra relación de pareja en altos cargos de Coalición Canaria. Pero hay que reconocer que el mundo es un pañuelo, y hasta José Manuel Soria colocó al hermano en una consejería. Lo malo no es eso sino que, algún tiempo después, los chicos de Nacho anunciaban a bombo y platillo el fichaje de un tipo en Gran Canaria cuyo dato más relevante de su currículum, según la propia nota de prensa facilitada por el partidido, no era otro que su condición de hermano de Marisa Tejedor. Ridículum, convendrán conmigo. Como la ¡bomba! pasó desapercibida, aprovechando el verano, Nacho Frankenstein se lanzó a las playas. Desde avionetas con la leyenda del partido, hasta cacao para los labios y pelotas de plástico pasando, eso sí, por un despliegue machista y trasnochado de colocar a tías buenas -y perdón por la expresión- repartiendo el merchandising centrista entre las hamacas. Por cierto, aún estoy esperando ver al líder del partido en paños menores -o sea, en bañador- sudando la gota gorda entre la arena.
Si creen que ya han leído lo peor, están equivocados. Anticipándose a las fiestas de Santa Claus y Reyes, el centrismo nachista ha publicado un comunicado en el que promete hacer tantas cosas que, ni aún tocándole un gordo -pero de los gordos, eh- de la Primitiva tendrían dinero para acometer ni la mitad de lo que pretenden. Y eso que el muchacho dicen que realizó con éxito un máster MBA, que yo siempre he colegido para mis adentros que esas siglas responden a más bobo aún.
De aquí a que se celebren las elecciones, seguro que Nacho Frankenstein nos sorprende con alguna idea inimaginable e insólita por calificarla de forma benévola. Lo último ha sido llenar la Isla con vallas llenas de papel higiénico. Se refiere a los contratos basura y afirma, sin que se le caiga un tornillo de su maltrecho cuerpo político, que tú (por usted y por mí) quieres cambiarlo y que él (por él mismo) puede cambiarlo. Claro que para eso tendría que ganar las elecciones con mayoría absoluta, tanto aquí como en el Estado, también con mayoría absoluta, acometer una reforma de la legislación laboral sin precedentes, buscar una financiación estelar, almar a los empresarios, frenar a los trabajadores y procurar que la Bolsa no salte por los aires hecha añicos. Esta, amigos míos, es la letra pequeña que acompaña siempre al asterisco en los contratos y en las campañas publicitarias, pero el CCN parece que se ha olvidado de este pequeño detalle a la hora de embaucar a sus futuros votantes.
En estos casos, sólo se puede hacer lo que ya hizo el director general de una empresa de productos de limpieza, que patentó un eslogan modélico para el caso que nos ocupa: busque, compare y si encuentra algo mejor (que seguro que lo encuentra, se lo digo yo), vótelo. Así de sencillo.
Fuente: La Opinión de Tenerife, 22-10-06
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