El día que hayamos arrasado el paisaje, cuando ya no quede ni una brizna de yerba sobre la tierra y el último tajinaste se resista a florecer, los canarios correrán hacia la orilla. Empujados por la argamasa desmedida del interior, por el crecimiento incontrolado de los muros de hormigón armado, los habitantes de esta tierra perdida en el océano caerán de bruces en los charcos de la costa. Sumergidos en los límites del territorio, miraremos al horizonte y descubriremos qué es realmente la lejanía, la ultraperiferia: un punto de no retorno, el límite de la tierra, la mutilación de nuestros pasos y un terrible ahogamiento.
Fueron precisamente las ayudas por nuestro retiro las que contribuyeron a desplazarnos hacia el borde, a obligarnos a vivir en los peñascos. Enriquecidos tras despertar la lástima de Bruselas, comenzamos a construir nuestro encierro a golpe de fondos europeos, convencidos de que el desarrollo no es más que una mezcla de arena y cemento. Entonces sentimos la opulencia de unos pocos como nuestra, miramos al Auditorio o al nuevo puerto y también creímos que al menos una parte podría correspondernos algún día. Ahogados a final de mes, con el agua a la altura de los tobillos durante una tormenta, observamos la Plaza de España y nos tranquilizó la belleza de nuestro patio, pues la creímos nuestra; atrapados para siempre en el puesto 102 de una lista de espera, nos llegamos a detener ante el edificio del Parlamento para admirar su belleza: "Salió caro, pero valió la pena", nos dijimos antes de reanudar la marcha para recorrer, desconsolados, las tiendas.
En un genial ejercicio premonitorio, la Bienal de Arquitectura, Arte y Paisaje de Canarias se presenta hoy invocando la imagen de un hombre mirando al océano, justo el mismo habitante que será un día empujado a la costa. El emblema del nuevo ingenio del Gobierno regional parece mostrarnos al canario condenado a vivir, por el resto de su vida, en el más terrible de los perímetros, recorriendo sin parar un círculo verde tan lúgubre como elemental. Y es que los artistas implicados en el movimiento contra el desarrollo de las grandes infraestructuras, ahora pagados por el Ejecutivo en esta mastodóntica exposición preelectoral, saben que pronto, si todo sigue su curso, no habrá paisaje sino océano. Un mar a los pies del cemento.
Fuente: Diario de Avisos, 03-12-06