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Tenerife
                           

Cincuenta años de la tragedia del Llanito

                           
16 - 01 - 07

 

En ocasiones -pocas, la verdad- algún periódico de Tenerife nos sorprende con un estupendo artículo, oportuno, que ofrece información interesante y de valor, que educa e ilustra, que rememora acontecimientos que nunca deberíamos haber olvidado tan rápido... Y ese es el caso del interesantísimo artículo con el que nos ha despertado el Diario de Avisos este martes, cuando se cumplen cincuenta años del aluvión de Breña Alta que se llevó por delante la vida de 30 personas.

Y es bueno recordar por muchas cosas, sin ir más lejos porque cuando las inundaciones de Santa Cruz de hace unos pocos años -con unas precipitaciones que no tuvieron nada que ver con lo que ocurrió en Breña Alta-, políticos ilustres como Zerolo y demás dijeron que estas cosas pasaban en Canarias cada 500 años y que era imposible planificar nuestras infraestructuras para estos acontecimientos. Les sobró un cero, como mínimo, a la cifra. Se trata de fenómenos más frecuentes de lo que algunos intentan hacernos creer y si lo que pasó en Breña Alta, hace 50 años, ocurriera en Arona, Adeje... o municipios que se han lanzado a un crecimiento urbanísitico totalmente incontrolado y de espaldas completamente a la realidad de nuestros barrancos, no estaríamos hablando de 32 muertos sino de una tragedia verdaderamente descomunal. Que ya lo fue para la época el aluvión de Breña Alta.

Pero bueno, no vamos a ponernos dramáticos ahora que bastantes veces hemos hablado de este asunto, pero sí felicitar al Diario de Avisos por este fantástico artículo de lo más oportuno.

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Cincuenta años de la tragedia del Llanito

José G. Rodríguez Escudero
Breña Alta

Los aluviones de los cauces canarios reproducen rasgos propios de los habituales en zonas áridas y abruptas, caracterizados por lo repentino de su presentación y el ímpetu de sus aguas. Adquieren éstas toda la velocidad y potencia de arrastre que les confieren las fuertes pendientes de laderas y barrancos. Así pues, en la isla, el mayor problema de las crecidas de cauces no radica tanto en los peligros de anegamiento como en la capacidad destructiva de los frentes de avenida.

Las características de la red hidrográfica de La Palma -la isla más alta del mundo en comparación con su superficie- son los propios de su juventud geomorfológica: laderas muy escarpadas y cauces de fuertes pendientes y ocupando el fondo de barrancos profundos y encajados. Casi nunca forman ramblas amplias, incluso en los tramos de su desembocadura, con lo que sus márgenes no ofrecen por lo común demasiados atractivos para el asentamiento de la población. De modo que, en principio, no cabe pensar que las inundaciones representen la mayor amenaza que se cierne sobre la isla y la seguridad de sus habitantes. Pese a lo cual, no dejan de constituir un riesgo que, de tarde en tarde, se hace realidad con caracteres catastróficos. Así lo dejan ver los datos con respecto a pasados desastres. Por lo que se sabe, el mayor de este siglo -el único con tanta cantidad de víctimas mortales en la Isla-, y probablemente de su historia, se produjo el 16 de enero de 1957, cuando un temporal, que la afectó en casi su totalidad, "dio ocasión al desbordamiento de varios cauces y, en especial, al de los barrancos de Aguacencio y Amargavinos, en Las Breñas, cuya riada, de más de 100 metros de ancho, arrasó varias viviendas y se cobró la vida de 32 personas". (Boletín Oficial de Canarias) Puede considerarse lo insólito de este aluvión (de cuyas circunstancias hidrológicas, no hay, que se sepa, estudios) por lo mucho que pesa la cifra de sus víctimas en el total del medio centenar corto de muertes que a lo largo del siglo XX han ocasionado las riadas en el conjunto de las cuatro islas occidentales del Archipiélago.


Aluviones en La Palma

El hecho de poseer un suelo joven y permeable en la zona de Cumbre Vieja -lugar de las erupciones más recientes en la historia palmera - hace que los barrancos existentes en la comarca este no destaquen por su profundidad, todo lo contrario que ocurre hacia el norte de La Palma. El nivel de infiltración de las aguas de lluvia es alto y son escasas, por lo tanto, las aguas de escorrentía. Con todo, estos aguaceros tan intensos han hecho correr considerablemente los barrancos e incluso se han llegado a producir grandes avenidas que han acabado en catástrofe.

Entre otros grandes desbordamientos y riadas, se recuerda la imponente avenida del barranco de Las Nieves que puso en peligro la primera ermita de Santa Catalina y que se hallaba construida en las cercanías del cauce. Le hizo grandes destrozos como también a todo el barrio. Ocurrió el 25 de noviembre de 1611.

El 23 de noviembre de 1649 una fuerte crecida del barranco del Socorro se llevó la antigua ermita de la Virgen de dicha advocación construida en Breña Alta y también el primer castillo del fuerte de Bajamar. La siguiente edificación fue bendecida en 1695 y, a causa de otra riada en 1700, sus paredes amenazaban ruina. La imagen mariana fue rescatada milagrosamente. El oratorio pasó a fabricarse en 1706 al otro lado del barranco, en el término municipal de Breña Baja, donde hoy aún se halla. Una cruz y una lápida recuerdan el suceso. El pueblo de Tazacorte sufrió grandes destrozos por la gran avenida el barranco de "Tenisque", así como los ingenios y su ermita, el 12 de diciembre de 1744.

El cronista oficial de la Isla y alcalde constitucional de su capital, Juan B. Lorenzo Rodríguez, narraba cómo el día 9 de octubre de 1783 "hubo un terrible huracán de viento y agua en esta ciudad que los barrancos salieron de madre, especialmente el de Las Nieves, que habiendo desbordado en la Cueva de La Virgen, entró por el Llano de La Cruz y corrió por las calles del Tanque y Molinos".

El mencionado cronista también narraba otra riada. Ésta ocurrió el 8 de diciembre de 1841: "Al obscurecer, principió un fuerte temporal de truenos, viento y aguas muy continuado, y no cesó hasta las 3 de la mañana. En aquella noche corrieron mucho los barrancos…, tanto que hallándose reunidos en una casa inmediata acogidas del temporal 14 personas, de las que perecieron diez, que lo fueron Josefa Martín Santos y tres hijos". Siete años más tarde, el 18 de noviembre de 1848, "otro huracán de viento y agua hace correr impetuosamente los barrancos, el de Dolores se llevó el puente de la calle Tracera y se entró por dicha calle". La noche del 3 de noviembre de 1874 se desató un temporal de lluvia y viento que se mantuvo hasta el siguiente día y supuso una amenaza seria, "por la abundancia e impetuosidad de las aguas", para parte de los vecinos de Villa de Mazo. Cinco años después, otra tormenta, desarrollada entre el 23 y el 26 de noviembre de 1879 vuelve a causar cuantiosos daños, especialmente en los sembrados, y en enero de 1884, el alcalde Alonso Pérez Díaz se dirige a la corporación que presidía en los siguientes términos: "Que el día nueve del corriente por la noche descargó en esta población recorriendo gran parte de este término municipal una violenta tempestad, cuyas extraordinarias lluvias torrenciales y copiosas como no hay noticia entre estos habitantes se hubiese sufrido en tiempo alguno invadieron impetuosamente heredades y caminos, destruyendo los torrentes y barrancos desbordados".

La catástrofe del Llanito

En el DIARIO DE AVISOS de 17 de enero de 1957, se lee entre sus titulares: "El temporal. Se desborda el barranco de Aduares de Breña Alta. Hay 5 personas muertas, 23 desaparecidos y más de 19 casas derruidas".

"La noche del 15 al 16 de enero fue más oscura que nunca. ¿Presentimiento o realidad? Es sintomática la observación que hicieron algunos, de que aquella noche los gallos no cantaron con el ímpetu vanidoso que frecuentaban. Al contrario, enmudecieron totalmente. Estaban tristes ¿será que los animales penetran y escrutan mejor que nosotros en los secretos y designios de la naturaleza? Nadie lo sabe; pero es evidente que algo presentían. Y por desgracia nada bueno, según manifestaban en sus actos. Más lo cierto es que aquella noche no cesó de llover; cada vez más fuerte. Y cuando el día aclaró, una espesísima neblina gris-negruzca, impedía ver más allá de diez metros. El agua caía, no en gotas, ni chorros, sino como si la vaciasen en baldes. Las consecuencias de esto -claro está- no pasaron desapercibidas para algunos de los que observaban". Diario La Tarde, 31 de enero de 1957

Pérez Hernández, en su artículo publicado en la revista de la UNED, informaba de que "el 16 de enero de 1957 ocurrió la mayor catástrofe natural del siglo en Breña Alta, que dejó en un segundo plano los importantes daños causados por los vientos huracanados de 1956. Un frente de bajas presiones, que recorrió el Archipiélago de noroeste a sureste, descargó una fuerte tromba de agua sobre la Cumbre Vieja durante varias horas, origen del tremendo aluvión de agua, barro, piedras y troncos que discurrió en la madrugada de aquel día por los barrancos desbordados de Amargavinos, Aduares y Aguasencio".

El periódico palmero DIARIO DE AVISOS continuaba informando de que, a mediados del día 15 de ese mes y año, se habían iniciado fuertes lluvias en toda la Isla, principalmente sobre las cumbres de las Breñas. En la madrugada del día 16 arreció el temporal pero ya las aguas se salían de los barrancos. En el barrio de Los Llanitos, Breña Alta, continuando por Breña Baja, se llevaba cuanto encontraba a su paso. Entre ambas Breñas ya se contabilizaban 12 muertos, 14 desaparecidos, varios heridos, 240 evacuados, 49 casas derruidas, los cultivos, huertas, ganados, arboleda, son arrasados.

Tristes cifras -fueron peores, puesto que las definitivas arrojaron un balance total de 22 fallecidos en Breña Alta, 2 en Villa de Mazo (aunque también en la prensa se dijo que fueron 3 las víctimas) y 2 en Breña Baja - que nos dan una aproximada idea de la terrible tormenta que azotó esta zona. Un enorme volumen de agua recogido por la cantidad de afluentes que desembocaban en el citado barranco de Aduares, llegó a desbordar al mismo. Influyeron, con independencia de la gran cantidad de agua caída (temporales del Sur- Este que van rielando al Sur-Oeste de las borrascas del Atlántico), el estar los terrenos aún afectados por la semi-impermeabilización impuesta por las cenizas del Volcán de San Juan, por los montes que por tal motivo se habían perdido, y por una fuerte presión de talas que se habían prodigado por esos años.

Fue un auténtico aluvión de trágicas consecuencias cuya acción fue realmente devastadora y el panorama que quedó tras la catástrofe fue de verdadera desolación. Los barrancos se desbordaron como nunca y fueron arrastradas grandes cantidades de tierra. Otro barranco afectado fue el de San Blas, en Villa de Mazo, que modificaría su cauce, y cuya nueva dirección llegó a constituir una grave amenaza para el casco urbano. El barrio de San Simón del mismo término municipal también fue uno de los más dañados. Otra zona castigada duramente por el temporal de 1957 fue el municipio de Breña Baja principalmente a lo largo del cauce del barranco de Amargavinos, y más en concreto a su paso por San José y San Antonio. También el aluvión provocó destrozos en Jedey, el Charco y las Manchas, en la vertiente oeste de la Cumbre Vieja.

El mismo periódico, decano de la prensa canaria, publicaba un artículo el 2 de febrero de 1957, firmado por Esteban Pérez González, presidente del Hogar Canario de Madrid y hermano del entonces ministro de la Gobernación. Este hijo de Villa de Mazo decía que la terrible tragedia posiblemente había hecho más daño que el mencionado volcán. Se leía: "La tragedia de ruina y de muerte, está ahí, a la vista, en carne viva, con lágrimas y sangre". Y refiriéndose a las causas y medidas hacia el futuro añadía que, con motivo de las incorrecciones de los linderos de los montes "el pequeño desbarajuste, semillero de pleitos, contribuye a que la riqueza forestal prácticamente haya desaparecido o poco menos… donde falta un árbol, la erosión y las inundaciones son fatales". Agustín Fariña también añadía en su obra sobre los senderos palmeros que Pérez González insistía en la insularización de los montes (ya lo había intentado siendo presidente del Cabildo), con lo cual el lucro sería para la Isla que quedaría en la obligación de cuidar, repoblar, con una explotación racional pero al servicio de tal patrimonio forestal.

No deja de ser paradójico que la tragedia se convirtió en un acicate para el desarrollo de Las Breñas. La calamidad facilitó una importante inyección de dinero procedente de numerosas subvenciones para construir viviendas para los damnificados, creación de grupos escolares, viviendas para maestros, electrificación de Botazo y otros pagos, apertura y mejora de carreteras, etc.

El pueblo palmero reaccionó con intensidad ante la magnitud de la tragedia, no sólo con incontables gestos de anónimo heroísmo salvando in extremis a muchos de los que estaban a punto de ser arrastrados por las aguas, sino ayudando a los damnificados y poniéndose manos a la obra para reparar los terribles daños. El suceso afectó a La Palma entera, pero fue en los márgenes del barranco de Aduares de Breña Alta donde a la intensidad de la lluvia se unieron otra serie de desgraciadas coincidencias, que hicieron que el temporal desembocara en una de las mayores tragedias que ha sufrido la Isla en toda su historia.

Fuente: Diario de Avisos, 16-01-07


Imagen del puente sobre el barranco de Aquasencio destrozado por la intensidad de la riada. Los vecinos contemplan los destrozos del temporal. Aspecto desolador en el que quedó la carretera general tras la tormenta. / DA

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