En todos los pueblos por lo que pasó este cura catalán, pequeñito y delgaducho, se le reconoce como un verdadero santo, un santo de esos a los que la Santa Madre Iglesia nunca beatificará, evidentemente.
Y es que José Pons tenía una fea y jodida costumbre, que no era otra que la de relacionarse fundamentalmente con los pobres. No tenía nada y las pocas perritas que le pagaban las repartía directamente entre los que más lo necesitaban. Unas viejas alpargatas y una sotana, siempre limpia, que él mismo se remendaba, fueron sus casi únicas pertenencias.
Nacido en Cataluña en 1875 llegó a Tenerife en 1905, ejerciendo de cura en Alajeró, Garafía, El Sauzal, Las Manchas -La Palma-, Tejina... yendo a morir en La Palma en agosto de 1964. Poco antes, aún sin cumplir los 36 años, moría un joven amigo sacerdote, que siempre admiró la labor de José Pons, lo que le produjo un gran dolor: "Si Dios me hubiese pedido parecer, le hubiese dicho que me llevara a mí, que ya me encuentro inútil, y dejase a este joven en el apogeo de su trabajo de apostolado. ¡Bendito sea Dios, bendito sea Dios", comentó don José llorando.
También se le conoce como 'el caminante', más que nada porque siempre iba andando a todas partes. Acaso porque generalmente se le veía en la casa de los pobres donde era difícil que llegara vehículo alguno. Conoció la miseria, tuvo que abandonar los estudios varias veces para trabajar, y estuvo presente en la Guerra de Cuba. Alguien que le conoció decía: "La apariencia era de vivir en auténtica miseria, pues todos sus recursos eran para los pobres, siendo él el más pobre que nadie".
Alguien se molestó en su día en recuperar algunos de los datos más importantes de su vida en un libro: 'D. José Pons, Biografía y Testimonio'. Y poco más hay sobre este personaje impresionante, acaso el último cura pobre, que el recuerdo de todos y cada uno de los que le conocieron -en algunos pueblos la gente se asomaba a los balcones cuando le veían llegar a pie- y que aún hoy le recuerdan como un personaje realmente extraordinario. Incluso aquellos que discrepaban radicalmente de sus convicciones religiosas o políticas, que también las tenía.
Y uno de esos amigos, que le conocieron en la época de los pantalones cortos, nos remite no sólo el libro, sino una foto en la que se le puede ver junto al actual Obispo de Tenerife. Y cuando uno ve a esta Iglesia de hoy, amenazando a Amnistía Internacional, codeándose con el poder político y económico como los viejos colegas de siempre, adjudicando al empresario amigo la multimillonaria rehabilitación del Obispado -que ocupó con todo lujo como vivienda habitual un discípulo de José Pons-, no puede por menos que hacerse la típica, tópica, y acaso demagógica, pregunta: ¿De dónde carajo se le han pegado a esta gente estos aires de grandeza?
José Pons Comallonga (1875-1964)