Por Jose Almeida Afonso
A ningún atento observador de la realidad se le escapa que el futuro del
sector primario -es decir, las actividades económicas englobadas en la
agricultura y la ganadería- han ido decantándose claramente en los
últimos años -dentro de los territorios que están insertos en la Unión
Europea-, hacia lo que convendremos en denominar "ecología agrícola".
Tal es así que los más serios y rigurosos analistas de las posibles y más
rentables tendencias de los mercados europeos pronostican que, a medio
y largo plazo, la ecología agrícola será la que prevalezca sobre la
llamada agricultura convencional o productivista. Esto es así por
múltiples factores que han coincidido paralelamente.
Pero antes de analizar los motivos, las razones de este incuestionable
panorama, veamos cómo se define: la ecología agrícola se caracteriza
principalmente porque es un sistema de producción que evita o excluye de
una manera amplia el uso de fertilizantes sintéticos, pesticidas,
reguladores del crecimiento y aditivos en los piensos. Hasta donde es
posible se utiliza la rotación de cultivos, estiércol, leguminosas,
desechos orgánicos, rocas o minerales triturados sin transformar, así
como el control biológico de las plagas. Todo ello para mantener la
productividad del suelo y el cultivo, para proporcionar nutrientes a las
plantas y para controlar los parásitos, las malas hierbas y las
enfermedades.
Si nos fijamos en las estadísticas de este sector desde la entrada en
vigor de la legislación comunitaria sobre agricultura ecológica en 1992,
observamos que la evolución de este sector ha ido paulatinamente en alza,
mientras que la dedicación a la llamada agricultura convencional ha
descendido notablemente.
Canarias ha pasado en la última década de 35.000 a 9.000 hectáreas de
cultivo convencional, mientras que la agricultura ecológica ha
experimentado un aumento de 38 a 890 hectáreas. Aunque sólo representa
todavía una mínima parte de los cultivos se prevé que su evolución -como
en el resto de los territorios de la Unión Europea- es al alza.
De todos es sabido que el tipo de agricultura de exportación que
predomina hoy en Canarias está basado en el monocultivo de variedades de
alto rendimiento y ayudada en su labor por el empleo masivo de productos
químicos y alta tecnología, características que debemos variar si
queremos salvar al -ya de por sí deprimido-, sector primario y ser
competitivos en los nacientes mercados ecológicos europeos (hay que tener
en cuenta que alrededor del 10% de los cultivos europeos ya son
ecológicos, mientras que en Canarias apenas alcanzamos el 1%).
Pero no sólo para poder ser competitivos. Hasta hace relativamente poco
tiempo casi nadie se planteaba los impactos negativos, a veces de
carácter irreversible, que la agricultura llamada convencional produce
sobre el medio natural (a la tierra, pero también al agua y hasta al
aire), pero sobre todo al ser humano.
Una mayor concienciación de los ciudadanos de los países
industrializados, no sólo hacia el cuidado del medio ambiente, sino
también hacia la calidad de los productos alimenticios que consumen,
están favoreciendo y ayudando a variar la tendencia actual de los
cultivos europeos -y por lo tanto también de los canarios-, hacia una
mayor extensión de la ecología agrícola.
El sector agrícola en Canarias debe replantearse cuanto antes su
preponderante dedicación a la práctica intensiva, productivista, de sus
cultivos y optar por una agricultura ecológica: es menos productiva,
pero no contamina el medio ambiente y los productos son de mayor calidad
para la salud de las personas.
Una cosa es cierta: cada vez hay mayor conciencia sobre la incuestionable
realidad de que en 25 años, la agricultura intensiva ha empobrecido de
manera notable nuestros recursos de agua, suelo y patrimonio genético,
poniendo en grave peligro la salud de los agricultores y los
consumidores.
Los problemas ocasionados por la utilización de productos químicos son
más difíciles de enmendar que los que han resuelto éstos. Por ejemplo en
Canarias, debido a la masiva utilización de invernaderos en los cultivos
y al clima subtropical que favorecen la aparición de plagas, se utilizan
unos 90 kilos por hectárea de sustancias químicas en la agricultura
convencional, lo que está ocasionando, como ya se apuntó, una grave
contaminación no sólo para el suelo, sino también para los productos
obtenidos. (En los restantes terriorios de la Unión Europea se emplean
tan sólo unos 4 kilogramos por hectárea).
Teniendo en cuenta los efectos negativos que la utilización de estos
productos provoca sobre el medio y la salud, la agricultura ecológica
no permite la utilización de herbicidas y plaguicidas químicos, ni
tampoco de los abonos minerales de síntesis.
El resultado de ese trato respetuoso es la obtención de productos agroalimentarios absolutamente naturales, y con un nivel de calidad que
no pueden ofrecer los productos de la agricultura convencional.
Como se advertía en la primera entrega de esta serie de reportajes sobre
el futuro agrícola en los territorios que pertenecen a la Unión Europea,
la tendencia actual es hacia una creciente extensión de lo que hemos
convenido en llamar "ecología agrícola", mientras se observa una notable
disminución de la agricultura productivista.
Es indudable que a éste fenómeno ha contribuido, de manera fundamental,
la creciente toma de conciencia por parte de los ciudadanos de las
cuestiones relacionadas con la seguridad alimentaria y los problemas medioambientales.
La agricultura ecológica se ha convertido de hecho en uno de los sectores
agrarios más dinámicos dentro de la Unión Europea. Entre 1993 y 1998,
dicho sector creció anualmente alrededor de un 25% y se estima que, desde 1998, su crecimiento se ha cifrado en un 30% anual.
Pero no debemos pensar que la agricultura ecológica es algo novedosa. Es un método que recupera conocimientos y actuaciones de los agricultores tradicionales y los actualiza, teniendo presentes nuevas técnicas aplicadas al campo de la agronomía.
Como hemos visto, la agricultura ecológica respeta los propios
mecanismos de la naturaleza para el control de las plagas y enfermedades
en los cultivos y en la cría de animales, evita la utilización de
plaguicidas, herbicidas, abonos químicos, hormonas de crecimiento, así
como la manipulación genética.
Pero veamos ahora una cuestión que es principal: todos los organismos
independientes internacionales han advertido reiteradamente del enorme
peligro que supone para un país depender de una economía de monocultivo.
En Canarias, en tan sólo 30 años se ha pasado de la dependencia del
monocultivo agrícola, al monocultivo del sector turístico. Y esto es a medio y largo plazo una irrevocable sentencia de muerte: seguimos vivos en el corredor de la muerte a la espera sólo de que las caprichosas fluctuaciones del mercado internacional firmen la última y definitiva sentencia.
Por esta razón las Instituciones Públicas, en primer lugar, son las que
deberían gestionar los diferentes recursos disponibles, tanto humanos
como materiales, en diversificar la economía del País -en nuestro caso,
la economía de Canarias-. Pero ¿Cómo puede un Gobierno gestionar algo sobre lo que no tiene ningún poder? ¿Hasta qué punto se implican y
comprometen los políticos canarios en cambiar las negativas,
perjudiciales y contraproducentes tendencias de las diferentes empresas
privadas, tanto locales como foráneas, cuyo único fin es especular, esto
es, con el mínimo esfuerzo, sacar la máxima rentabilidad, esclavizando
para ello en un trabajo alienante a un buen número de nuestros
compatriotas y, encima, actuando negativamente sobre el medio natural?
La respuesta es fácil: simplemente no pueden gestionar porque no tienen
el suficiente poder; sencillamente no se pueden implicar ni comprometer
porque no hacen suyos los verdaderos problemas del pueblo canario.
No piensen que esto no tiene nada que ver con el tema concreto de la
ecología agrícola. Tiene que ver y mucho. Un Gobierno con auténtica
amplitud de miras, con cierta visión de futuro, legislaría apoyando sin
condiciones a la agricultura ecológica: potenciando con cursos de
formación, con suficiente asesoramiento a los agricultores, con nuevas
ayudas a este sector, ya de por sí en lamentable decadencia, en
beneficio de un sector tan vulnerable como es el turístico.
Ahora que se habla tanto de "desarrollo sostenible", apostando por la
agricultura ecológica se conseguiría conciliar la producción
alimentaria -el ideal sería el autoabastecimiento alimentario-, la
conservación de los recursos no renovables y la protección del entorno
natural, de modo que podría satisfacer las necesidades de la población
actual sin comprometer la capacidad de supervivencia de las generaciones futuras.
Una cosa está clara: si no invertimos en diversificar la economía de
nuestra tierra estaremos abocados indefectiblemente a la destrucción
definitiva del presente, pero sobre todo del futuro.
Un buen principio sería generalizar en toda Canarias la agricultura
ecológica. ¿No es el principal bien de una persona su salud?.
ARTEVIRGO. LA ALDEA. CANARIAS
