Sería el capataz, supongo, porque mientras las varias decenas de operarios le echaban mano a la herramienta, éste se dedicaba a hacer aspavientos con las manos. Y yo, que llevaba gabardina y paragua, no me quedé a ver cómo terminaban la limpieza de las calles toda esta gente porque pese a todo me estaba empapando, en medio de un diluvio que no se había visto en La Laguna desde hace meses. Ahora que, trabajando sin protección alguna, creo que no es difícil de imaginar el lamentable espectáculo.
Y hombre, ustedes qué quieren que yo les diga, qué sé yo de quién es la culpa, qué se yo si con las prisas que les meten a esta gente para limpiar las calles después del Corpus hasta los propios trabajadores prefieren mojarse para terminar lo antes posible, aunque considero que ninguna empresa seria debería dar lugar a esto entre otras cosas porque existen normativas de salud laborar que no creo que recomienden espectáculos de estas características.
En fin, que creo que el festejo lo presidía Antonio Castro, el palmero que se chifló nada más hacerse con la presidencia del Parlamento, porque el Lexus llevaba la bandera oficial y ocupaba lugar de privilegio en el aparcamiento improvisado para el montón de coches oficiales que nuevamente se dieron cita, en domingo, a las puertas de la iglesia de La Concepción de La Laguna. Ninguno de ellos, obviamente, se mojó lo más mínimo porque salieron por patas hacia los coches mientras el chofer respectivo les sostenía los paraguas. Un espectáculo tercermundista, como el de los operarios de Urbaser empapados limpiando las calles sin un simple chubasquero, del que parece no nos libraremos tan fácilimente pese a los años que hace que metieron al Generalísimo bajo una losa de cinco toneladas en el Valle de Los Caídos. ¡Y es que somos la leche!








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