Salvador Lachica
En estas fechas siempre me acuerdo del
magnífico economista y genial escritor José Luis Sampedro,
pues él fue quien definió la existencia de la comunidad
invisible, formada por un batallón de personas que no puede acceder
a los bienes de consumo y que convive con todos nosotros sin que nos
demos cuenta de su existencia.
Un pelotón que en Canarias
lo conforman aproximadamente 42.000 familias perceptoras de pensiones
no contributivas, cuyo valor medio es de 275,33 euros al mes, o lo que
es lo mismo, 45.811 de las antiguas rubias. Según los datos del
Observatorio de Empleo de Canarias (Obecan), seis de cada diez miembros
de estas unidades familiares sin sombra que perciben este tipo de ayuda
(que, por cierto, CC se negó junto al PP a que sea incrementada
por cada una de las comunidades autónomas según el nivel
de sus arcas) están por debajo del oficial umbral de la pobreza
de los 359 euros por persona al mes.
Frente a esta realidad que no queremos
ver, resulta mucho más intelectualmente obsceno constatar que
durante casi dos meses invadamos las calles sedientos de un consumismo
que transmuta la felicidad en la capacidad que se tiene para exprimir
unas tarjetas de crédito (esas que los invisibles no tienen)
que fagocitan guirnaldas, solomillos, luces con música, cava,
jamón, serpentinas, langostinos, videojuegos, chernes, cigalas,
cordero, musgo, zapatos, bogavantes, perfumes, mazapán, muérdago
artificial, turrón, figuritas para el belén, patés,
espumillones, el maletín de la Señorita Pepis para invertir
la RIC en África, las uvas... Así, de euro en euro, hasta
la bancarrota final que nos ha llevado a deber a las entidades bancarias
cuatro billones (con b de burrada) de las añoradas pesetas, casi
el triple que hace siete años y, para pasmo de José Carlos
Mauricio, todopoderoso consejero de Hacienda, cinco veces más
dinero que el que tiene consignada la Comunidad Autónoma en los
presupuestos del próximo año.
¿Este claro ejemplo de que expulsamos
el aire más alto que por donde la espalda pierde su nombre es
consecuencia directa del empeño de Adán Martín
cuando dijo en el discurso de investidura que quería que los
canarios fuéramos felices, olvidándose del pequeño
detalle, aunque sin embargo fundamental, de que tenemos los antepenúltimos
emolumentos más bajos de todas las españas? ¿Su
olvido ha hecho que también nosotros seamos salarialmente amnésicos
y nos creamos Dodi Al Fayed o dueños de El Corte Inglés?
Esta alocada carrera por deslumbrar
al vecino con los últimos adelantos tecnológicos y comidas
pantagruélicas nos oculta que, tras los fastos, cuando nos estemos
atiborrando de Almax o Bemolan gel, caeremos en la cuenta de que nuestra
ídem corriente pertenece por entero a CajaCanarias, al igual
que nuestra casa, nuestro coche, la lavadora, el ordenador portátil
y toda la demás quincalla navideña que acaba ajada en
un caja de cartón en el sótano, en el PIRS de Arico o
flotando en el mar porque las depuradoras no han dado abasto.
La
Opinión de Tenerife, 22-12-03
