Ayer fue el gran día para Tenerife
-así se vendió al menos- y todos
acudimos prestos a la cita con el crucero más grande y más
lujoso del mundo, al parecer. Y todo eso está muy bien y es gracias
a Ricardo Melchior y la Autoridad Portuaria y viva la Madre Superiora,
aunque el barco sencillamente esté repitiendo la primera travesía
de su antecesor en los años sesenta. Pero ciertamente resulta
verdaderamente estremecedor reflexionar sobre dos realidades que ocurrieron
ayer mismo en nuestra tierra. Dos imágenes que nos ofrece hoy
el periódico La
Provincia nos dan muestra de este terrible contraste entre dos mundos
cada vez más alejados.
Mientras todos nos dirigíamos
llenos de admiración a contemplar un barco que la mayoría
de nosotros no volveremos a ver nunca más y sólo una minoría
del "cero coma cero algo por ciento" lo llegará a pisar
algún día; la Guardia Civil arrastraba playa adentro el
cadáver
de otro de los inmigrantes que intentó alcanzar sin éxito
nuestras costas buscando un futuro que entre todos le hemos negado en
su propia tierra.
A unos les repartíamos puros
palmeros y flores porque tienen dinero (mucho dinero), porque son poderosos
y además porque creemos que nos van a solucionar nuestros problemas.
A los otros los enterramos en el olvido, cuando no los encerramos con
unos muros altos para que no se escapen ni puedan siquiera disfrutar
un poco de nuestro paisaje. A la espera de devolverlos sin piedad a
la miseria y al hambre.
Estamos construyendo un mundo sin futuro,
donde las diferencias entre ricos y pobres son cada vez más grandes
y más terribles. Mientras nosotros estemos en el lado de los
afortunados deberíamos felicitarnos, ciertamente, por ello; pero
tampoco debemos olvidar que gracias a que no les damos posibilidades
y que explotamos los recursos de los de las pateras nos lo podemos permitir.
Una injusticia que es posible que algún día le pase factura
a nuestros hijos.
Mientras todos admirábamos la
majestuosidad del barco al que nunca nos subiremos, ni nos acercaremos,
ya vemos como algo natural la muerte casi diaria de decenas de personas
pidiendo ayuda a la puerta de nuestra casa. Esto es lo que hay.