Hace unos años cuenta un amigo
que visitó las obras del olvidado Palmetum
con uno de los ingenieros "responsables". Este amigo preguntó
algo que daba por supuesto, y es si el vertedero del Lazareto había
sido impermeabilizado en su superficie antes de sembrar palmeras o colocar
riachuelos o pequeños lagos artificiales. La respuesta del ingeniero,
uno que se suele pasear con un sombrero mucho por La Laguna, fue que
"qué sentido tenía intentar evitar la generación
de lixiviados en un sitio donde éstos sólo podían
ir a parar al mar".
Claro que el amigo le comentó
al susodicho ingeniero que en el mar había vida, incluso peces
que nos comemos con los metales pesados y los productos con los que
toman contacto en el agua. A este argumento el del sombrero medio se
reveló invitando a este amigo a acercarse a la cara sur del vertedero
donde se distinguían claramente los efectos del emisario submarino
de Santa Cruz interpolándole: "¿Qué importancia
tienen unos lixiviados al lado de esto?"
Visto así, evidentemente, lo
de menos han de ser los lixiviados, seguramente. Pero que la
Organización Marítima Internacional le dé importancia
a la protección de nuestras aguas y nosotros las tratemos así
es algo que, sin duda, debería hacernos reflexionar. Cuando ese
vergonzoso emisario se encuentra, además, a pocos metros del
famoso Auditorio
que a pocos meses de terminarlo hay que cerrarlo para hacerle reformas,
nos da idea de dónde hemos puesto nuestras prioridades y lo que
nos parece secundario o sin importancia.