Los altos niveles de determinados
contaminantes atmosféricos pueden adelantar en algunos enfermos
la muerte unos pocos días, pero en otros pueden acortar la vida
en años. Un riguroso estudio epidemiológico realizado
en 13 ciudades españolas ha constatado que la contaminación
atmosférica tiene efectos inmediatos sobre la mortalidad.
DAVID SEGARRA - Barcelona
Siempre se ha considerado como una especie
de envenenamiento lento. Pero la contaminación atmosférica
de las grandes ciudades tiene también efectos a muy corto plazo
sobre la mortalidad. Tan a corto plazo, que un incremento de 1 µg/m3
en la concentración de monóxido de carbono durante dos
días seguidos tiene como consecuencia un aumento del 1,5% en
las defunciones totales. Así lo ha constatado un reciente estudio
realizado en 13 urbes españolas.
El estudio, enmarcado dentro del proyecto
EMECAS, que evalúa la relación entre contaminación
atmosférica y salud en España, ha sido realizado cruzando
los datos de niveles de contaminación y el número de defunciones
que se producen en Barcelona, Bilbao, Cartagena, Castellón, Gijón,
Huelva, Madrid, Oviedo, Sevilla, Valencia, Vigo, Vitoria y Zaragoza.
Se ha tomado en consideración la concentración de contaminantes
durante dos días seguidos y el índice de mortalidad del
segundo de estos días, con el objetivo de buscar la relación
a corto plazo entre ambas variables. Así se ha intentado descartar
la incidencia de otros factores en la mortalidad y se ha buscado el
impacto cotidiano de las oscilaciones de la contaminación en
el número de defunciones diarias.
Y el impacto aparece en los datos radiografiados
con una precisión nítida. Aparte del monóxido de
carbono (CO2), se ha comprobado que incrementos de 10 µg/m3 de
los dióxidos de azufre (SO2) y de nitrógeno
(NO2) se asocian con aumentos del 0,5 y 0,6% de la mortalidad. Un incremento
del mismo orden de los llamados humos negros provoca el 0,8% más
de defunciones diarias. Se trata de variaciones significativas, aunque
modestas si tenemos en cuenta que las variaciones de defunciones de
un día a otro pueden ser de más del 40% por cuestiones
aleatorias.
Estos datos se refieren a incrementos
en la mortalidad total. Pero los contaminantes afectan a dos grupos
básicos de enfermedades: las respiratorias y las cardiovasculares.
Aquí el rastro de sus efectos es mucho más notorio: el
incremento de monóxido de carbono aumenta en un 2,3% la mortalidad
debida a enfermedades circulatorias y en un 3,2% la debida a enfermedades
respiratorias. Por su parte, los óxidos de nitrógeno y
azufre aumentan en un 1,2% la mortalidad de tipo respiratorio y un 0,6%
y 0,8%, respectivamente, las enfermedades del aparato circulatorio.
Otros estudios están llegando
a conclusiones parecidas. Los ingresos hospitalarios debidos a enfermedades
cardiovasculares e isquemia en siete ciudades europeas aumentan significativamente
cuando se incrementa el nivel de SO2 durante ese día y el anterior,
según un estudio coordinado por Jordi Sunyer, del Instituto Municipal
de Investigaciones Médicas de Barcelona. Sunyer concluye que
"una reducción de los niveles de SO2 en las ciudades europeas
comportaría un menor número de admisiones hospitalarias".
Otro trabajo coordinado por Sunyer en los hospitales de Barcelona indica
que un aumento del dióxido de nitrógeno y del ozono puede
exacerbar los casos de asma severa y causar la muerte entre los pacientes
de esta dolencia.
Los mecanismos fisiológicos que
explican el efecto de estos contaminantes sobre la mortalidad se basan
en una larga serie de evidencias. Las partículas inducen un incremento
de la coagulabilidad sanguínea, aumentan la presión arterial
y la frecuencia cardiaca. Asimismo, se han detectado cambios inflamatorios
alveolares. Por su parte, la capacidad tóxica del CO sobre el
sistema cardiovascular es de sobras conocida. Este tóxico puede
producir disnea e hipoxia al provocar la formación de carboxihemoglobina.
En el caso del óxido de nitrógeno, sin embargo, el mecanismo
de actuación es menos conocido, aunque se piensa que puede provocar
una respuesta inflamatoria y dañar los macrófagos alveolares,
con el consiguiente incremento del riesgo de infecciones pulmonares.
Según destacan los autores del
estudio en su publicación en la revista Medicina Clínica,
"a los niveles actuales, la contaminación atmosférica
sigue representando un riesgo para la salud de la población española".
El estudio ha sido realizado por 11 grupos de científicos coordinados
por Ferran Ballester, investigador de la Unidad de Epidemiología
y Estadística de la Escola Valenciana d'Estudis per a la Salut.
Los autores destacan que su estudio
"sólo permite valorar el impacto agudo de la contaminación
atmosférica", sin que sea posible "distinguir entre
las defunciones que han sido simplemente adelantadas unos días
o meses y aquellas que representan una pérdida importante de
años de vida". Es difícil saberlo, pero algunas estimaciones
creen que en Occidente la contaminación está recortando
entre seis meses y un año la vida de las personas.
Lo que está claro es que la contaminación
urbana no afecta por igual a todo el mundo. "Las personas que padecen
enfermedades crónicas, respiratorias y cardiovasculares son más
sensibles", afirma Ferran Ballester. Otro grupo muy afectado son
los niños, porque tienen un aparato respiratorio que aún
está madurando, pueden pasar más tiempo al aire libre
e inhalar un volumen importante de aire. Y, en cambio, contra lo que
podría parecer, el grupo de personas de más de 70 años
no apareció mucho más afectado que el resto de las edades.
El estudio coordinado por Ballester no permite evaluar el impacto global
de la contaminación a largo plazo que, sin embargo, se estima
que debe ser "realmente importante".
Como el tráfico suele ser la
fuente principal de emisión de estos contaminantes, queda claro
por dónde hay que empezar a atajar el problema. Así las
cosas, el fomento del transporte público y una buena planificación
de la movilidad urbana se convierten en una inestimable herramienta
de salud.
Entre el este y el norte de
Europa
Los efectos a largo plazo de la contaminación
han sido estudiados en el proyecto APHEIS, que incluye 26 ciudades europeas,
entre ellas Barcelona, Bilbao, Madrid, Sevilla y Valencia. En este caso
se han estudiado las partículas menores de 10 micras que flotan
en el aire urbano y que inhalamos continuamente. Y sus resultados indican
que si se consiguiera reducir el nivel de partículas sobre 20
µg/m3 se podrían prevenir anualmente unas 11.855 muertes
prematuras en estas 26 ciudades, lo que supondría evitar unas
43 defunciones por cada 100.000 habitantes.
El nivel de contaminación de
las ciudades estudiadas varía enormemente desde 14 a 73 µg/m3
para las partículas totales en suspensión y de 8 a 66
µg/m3 para los humos negros. Los peores niveles suelen estar en
las ciudades del este, y después, en las del sur, entre ellas
las españolas, cuyos niveles de contaminación están
en una situación intermedia entre las del este y las del norte
de Europa. En buena parte, esto se debe al clima mediterráneo,
ya que el escaso régimen de vientos no ayuda a dispersar los
contaminantes.
Sea cual sea el nivel de polución
urbana, cualquier reducción de contaminantes tendrá efectos
beneficiosos, puesto que "para algunos contaminantes, como las
partículas finas, no parece existir un límite inferior
por debajo del cual desaparezca el daño sobre la salud, sino
que se detectan efectos siempre", según Ferran Ballester.
El proyecto APHEIS concluye que "hasta
las menores reducciones de contaminantes tendrían un impacto
positivo en la salud pública, lo que justifica tomar medidas
preventivas en todas las ciudades, aunque sus niveles de polución
sean bajos".
Fuente: EL PAÍS, 27-01-2004

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