Nada queda ya de lo que
nos podamos sorprender en esta tierra, el grado de corrupción
y de degeneración democrática al que estamos llegando
excede, ya con creces, lo que cualquier estómago podría
estar dispuesto a soportar y sin embargo soporta.
Un derecho ciudadano, uno
de los pocos que nos queda, que es el de proponer leyes en los parlamentos
a base de recoger firmas con múltiples requisitos: desde papel
oficial, pedir datos personales a las personas como dirección,
DNI ... Todas esas cosas, reconocidas en la Constitución que
tanto dicen defender, en el Estatuto de Autonomía y en todos
los reglamentos habidos y por haber... se convierte, al final, en una
especie de acto delictivo que hay que hacer por una puerta trasera y
sin que nadie se entere.
No debían ser más
de diez personas, que representaban a otras muchas que durante tres
meses se han dejado el tipo recogiendo firmas a cambio de nada, pero
con el convencimiento de que están defendiendo algo muy valioso
para todos nosotros, han sido capaces de recoger 56.087 firmas y pretendían
entregarlas en el Parlamento como corresponde; convocando a los medios
de comunicación y viendo, hasta el final, el recorrido que seguían
las mismas hasta el Registro. Una foto delante de la puerta del Parlamento
para atender a la prensa, en una calle que hoy es peatonal... Nada más.
Pues ni eso, la autoridad
competente les prohibió desplegar una pequeña mesa de
camping durante tres minutos en la calle para no dejar las cajas en
el suelo, donde se encontraban las peticiones de 56.087 ciudadanos perfectamente
identificables. Pretendían, en un principio, que entrase una
sola persona cargando las cajas, las cuatro cajas. Al final accedieron
a que entrasen los cuatro portadores de los pliegos de firma pero no
permitieron que una quinta entrase con el documento para registrar.
Parece mentira pero no lo permitieron.
Ellos temen el arma más
demoledora que portaban aquellos ciudadanos, que es su espíritu
de lucha y la razón de pedir que se debatan y se permita la participación
social en los procesos de toma de decisiones. Contra toda, o casi toda,
la prensa postulando las bondades del proyecto y silenciando a aquel
que hablaba algo en contra, han conseguido cuatro veces más que
las firmas que les exige la Ley.
En lugar de salir el presidente
del Parlamento a la puerta a recibirlos, de ofrecerles una de las salas
para que atendiesen a la prensa y poder poner las cajas sobre la mesa,
los tratan como delincuentes. Y eso podría resultar entendible
por alguna extraña razón, pero cuando uno recupera imágenes
como la que te presentamos más abajo, en la que un Consejero
del Gobierno de Canarias cortó la calle -entonces sí pasaban
coches- para llegar a la puerta del Parlamento con cientos de expedientes
cuando se sabía perfectamente que aquello era inviable enviarlo
de esa manera. Un acto de desprecio a la cámara que se supone
nos representa a todos los ciudadanos. Pero que, sin embargo, en lugar
de mandar a la policía a desalojar la calle y al consejero, salió
el Presidente a reirle la gracia al chico. Todo porque la oposición
pedía documentos sobre los chorizeos del ICFEM que han supuesto
la dilapidación de multimillonarias ayudas europeas que deberían
haber servido para formar a nuestra gente y nadie sabe a dónde
han ido a parar después de varios años.
56.087,
eso es lo importante, lo demás ocurre porque nos queda mucha
democracia por "mamar". Parece mentira pero así estamos.

Los portadores de las cajas totalmente asombrados
por lo que les estaba
pasando.
Asombroso. La imagen de la honestidad y del compromiso democrático.

Imagen en la que un consejero del Gobierno se planta
delante del Parlamento con un camión de papeles mostrando su
desprecio hacia la Institución (primero por la derecha) El presidente
(primero por la izquierda en primer plano) salió a la calle a
reírle la gracia. Los papeles, evidentemente, volvieron por el
mismo sitio por el que vinieron y los ciudadanos a pagar las gracias
de estos ... Entre otras cosas una calle cortada al tráfico estúpidamente
a mitad de una mañana donde hay mucha gente que, a diferencia
de ellos, tiene que trabajar.
La imagen de la prepotencia, de la chulería más ramplona
y de la malversación de los recursos de todos nosotros.