Verdaderamente uno llega a considerar
que estas luchas que llevamos algunos colectivos o ciudadanos por la
defensa de nuestro entorno, que en Canarias -a diferencia de otros lugares-
se han llevado a cabo siempre de forma pacífica, acudiendo en
la medida de lo posible a las movilizaciones ciudadanas o acciones judiciales
cuando ha habido perras; carecen de sentido cuando ve o escucha lo que
piensan algunos de nuestro políticos de esto de la democracia
y el estado de derecho.
Según Wladimiro todas las escombreras
que hay en Tenerife son ilegales. Es por eso, dice el Consejero, que
cerrar cualquiera de ellas porque afecte a una plantita protegida o
a cualquier mariconada de esas es un acto de irresponsabilidad por los
efectos negativos que provocaría. Entonces, según él,
esto de la democracia es sencillo: se trata de dejarlo a él,
como hombre curtido en la "escuela de la vida", decidir entre
lo que se puede permitir o no independientemente de lo que diga la legislación
vigente. Es él el que decide cuándo se multa a un campista
por plantar su tienda en un espacio protegido o no -todos los días
aparecen en los boletines multas firmadas por él- sin tener en
cuenta si es una necesidad para las personas el esparcimiento cuando
no tienes perras para pagarte un apartamento, y las administraciones
no tienen ni un solo camping legal en Tenerife. Pero el que lo decide
es él, no es que lo diga la Ley. Seguro que si vas por allí
y le cuentas tu historia y lo convences, se puede arreglar cualquier
cosa.
Su partido, o los dirigentes de su partido,
llevan gobernando esta tierra desde que existe la democracia -muchos
de ellos desde antes- pero las leyes que ellos han hecho no hay porqué
cumplirlas todavía, hay que estudiar cada situación y
que sean personas curtidas como Wladimiro quienes decidan en cada momento.
No se plantean ni cambiar las leyes, que lo pueden hacer desde que quieran.
No, él lo que quiere es que se la dejen cumplir o no en cada
caso, según su experimentado criterio.
Él insinúa algo que le
pone los pelos de punta a cualquier demócrata, y es que la legitimidad,
según él, proviene de los votos. Si te votan decides,
si no te callas. Pero en ese "decides" va implícito
el saltarte las leyes según tu criterio en cada momento, cuando
es el "Imperio de la Ley" el valor sagrado de este sistema
que se conoce con el nombre de Democracia.
Produce terror y desasosiego este pensamiento
que no es invento suyo, sino que incluso está amparado por empresarios
o medios de comunicación cuando se ven beneficiados por esta
forma de proceder. Evidentemente cuando les perjudica acuden inmediatamente
al juzgado de guardia. Comportamientos todos ellos típicos de
las mal llamadas "repúblicas bananeras", porque muchas
veces ni son repúblicas ni se producen bananos, sino plátanos
chiquitos y con pintitas.
Aplicar las leyes no es agradable en
muchas ocasiones, más grave que el vertido de escombros por ahí
es tirarle la casa a una familia y dejarla en la calle con unos trastos
y unos cuantos niños. Cualquier persona de bien está en
contra de eso, pero lo aceptamos porque debemos reconocer que las leyes
son para todos y nos afectan a los particulares y a las administraciones,
independientemente incluso del número de votos que se obtengan
en las elecciones.
La realidad es que, con estos comportamientos,
muchas veces se tiran las casas de los más desgraciados y las
grandes urbanizaciones ilegales son inauguradas por políticos
como éstos, que consideran que las leyes las pueden cumplir a
su antojo, que normalmente coincide con el antojo o los intereses de
los más poderosos o influyentes.
Wladimiro y el estado de derecho: ¡Qué
miedo!