Tanto los ayuntamientos afectados, como
el Cabildo o el Gobierno de Canarias han mirado para otro lado frente
a la instalación indiscriminada de jaulas marinas a lo largo
de la costa del sur de Tenerife. Bueno, no es exactamente que hayan
mirado para otro lado, pero no han mostrado la más mínima
preocupación por la ordenación de este sector, por estudiar
las mejores ubicaciones, establecer condicionantes ambientales estrictos,
etc.
Cada quien, con una buena "recomendación",
ha instalado las jaulas en donde más le interesaba teniendo en
cuenta que no hubiese mucha profundidad, que no estuviesen muy lejos
para los desplazamientos, zonas abrigadas... es decir, siguiendo criterios
que tienen que ver pura y exclusivamente con obtener la mayor rentabilidad
posible ahorrando costes al máximo. Ningún criterio ambiental
ha sido tenido en cuenta, con lo cual los residuos y la sombra que proyectan
estas jaulas están "quemando" la estrecha plataforma
con la que cuenta la Isla en ese sector produciendo un daño de
consecuencias imprevisibles.
Algunos siguen predicando en el desierto,
sin oponerse a esa actividad, pero exigiendo una serie de requisitos
mínimos para no dañar una plataforma que para nosotros
es tan importante. Pero los intereses que se mueven detrás de
estas jaulas son de lo más estrambóticos, dado que empresarios
con intereses en la industria turística se han metido también
en el negocio situando estas jaulas en algunos casos frente a los mismos
hoteles del Sur, con el daño terrible que esto provoca. Pero
aquí de lo que se trata es de trincar, de trincar rápido
y cuanto más mejor. Y si para eso tenemos que poner en peligro
valores naturales, culturales o el modo de vida de nuestros pescadores
pues enterramos todo eso y ya está.
Claro que si te pones a decir por ahí
que esto hay que ordenarlo de otra manera, siempre aparecerá
alguien, seguramente con algún legítimo interés
por medio, diciendo que es que estamos en contra del desarrollo, que
queremos volver a los taparrabos y que los pescadores se busquen la
vida y se vayan a servir copas a los hoteles, si es que quedan hoteles
abiertos por aquí cuando se acabe esta "rapiña".
Es lo que suele pasar, la ley de la selva.