Ni tan vistosa, ni tan divertida, ni tan
multitudinaria pero, sin duda, la peregrinación más larga,
cansada y deprimente es la que están llevando a cabo al menos seis
operarios del Cabildo de Tenerife a lo largo de la carretera vieja a fin
de retirar los residuos que por la vía han arrojado indiscriminadamente
los peregrinos que se dirigieron a Candelaria con motivo de la fiesta
de la patrona.
No es, sin duda, ninguna noticia de alcance,
ni se trata de algo a lo que no estemos lastimosamente acostumbrados,
pero sin duda se trata de un síntoma de la realidad a la que debemos
enfrentarnos en esta tierra cuando de tomar conciencia se trata en relación
con los problemas ambientales más elementales. No podemos, sin
embargo, pasarnos toda nuestra existencia lamentándonos de lo guarros
y desaprensivos que son, generalmente, los demás –nunca nosotros-
y es hora ya de que se comiencen a tomar medidas razonables en este sentido.
No se puede perseguir a la gente por la
calle con una papelera por si en el momento más impredecible se
le ocurre tirar un chicle, deshacerse de la colilla o por si se termina
de beber el refresco. Las cosas no funcionan así, el lugar donde
un producto se convierte en residuo para una persona es imprevisible en
muchos casos y no se puede poner una papelera cada diez metros porque
eso, en realidad, no soluciona nada, en ocasiones es hasta contraproducente.
La lucha es larga pero si no la empezamos nunca, tampoco nunca podremos
pasar de la lamentación o la denuncia a una situación más
esperanzadora. No es cierto que en los territorios donde estas cosas no
ocurren, o pasan de forma más puntual, la gente sea más
conciente o más amante del medio ambiente que nosotros, lo que
sucede es que en esos países o regiones las autoridades y colectivos
sociales se han empeñado desde hace décadas en cambiar las
cosas.
En nuestros colegios se da, en la mayoría
de los casos, el mismo problema; en la media hora que dura el recreo los
patios quedan totalmente llenos de envases y restos de todo tipo desperdigados
por el suelo. La “solución” que se pretende en la mayoría
de los sitios incide en el mismo error que es llenar los patios de papeleras,
de tal forma que al partir del mismo error se cosecha el mismo fracaso.
El problema no es si hay que caminar 5 metros, diez o quince, la cuestión
es que la basura hay que depositarla en un sitio específico, tan
específico que éste debe ser distinto según el tipo
de residuos. Por ahí habría que empezar, colocando dos o
tres contenedores únicamente en los patios de los colegios, en
un mismo sitio, donde se separen los residuos. Con los restos de alimentos
se debe elaborar compost para los jardines o el huerto escolar, y los
envases se deben separar ya según sus tipos.
No sólo se debe incidir en esto
sino que además desde los colegios se debe comenzar las políticas
de reducción, fomentando el uso de envases reutilizables para jugos,
agua, etc. Existen lugares en Europa donde a los niños se les regala
un envase reutilizable a principio de curso, prohibiéndose llevar
al colegio envases para líquidos desechables o de un solo uso.
Nos parecerá más o menos duro pero en este asunto no hay
otra alternativa.
Están muy bien las pequeñas
campañas que, de vez en cuando, lleva a cabo el Ayuntamiento, el
Cabildo o Gobierno en los colegios, una charlita de una hora y ya está.
Pero lo que se necesita en este asunto son políticas perfectamente
programadas, con objetivos concretos y, por supuesto, a largo plazo. No
basta con que un maestro con más buena voluntad que otra cosa se
esmere en la recogida selectiva de papel, se trata de políticas
globales que afectan a toda la sociedad y que deben mantenerse en el tiempo.
Estas políticas que deben partir de la formación y la información
no pueden, de ningún modo, olvidar el aspecto coercitivo presente
en tantos ámbitos de nuestra vida como el tráfico, los impuestos,
etc. la gente también debe tener claro que las conductas incívicas
pueden traerle consecuencias desde el punto de vista económico
o de otro tipo, porque la democracia no consiste, exactamente, en que
cada uno haga lo que le dé la gana por mucho que nos empeñemos
en intentar demostrarlo. Es frecuente, hasta en los colegios, que cuando
se le llama la atención a un alumno por tirar basura o manchar
una mesa responda que “para eso están las señoras
de la limpieza” y, partiendo de esa base, el asunto es de difícil
solución y hay que erradicar de raíz esos vergonzosos planteamientos
que, lamentablemente, en algunas ocasiones vienen “mamados”
desde la propia familia.
Estos nuevos enfoques no tienen éxito
desde la visión del político populista porque en cierto
modo pueden suponer, en un primer momento, un cierto incomodo por parte
de la sociedad y, además, no proporcionan un rédito electoral
inmediato. Es por ello que tenemos que soportar episodios tan vergonzosos
como los vividos en la pasada campaña electoral donde el bombardeo
de publicidad institucional sobre reciclaje, recogida selectiva, etc.
se hizo casi insoportable pero dichas campañas desaparecieron al
día siguiente de las elecciones. No se puede hacer uso partidista
de asuntos tan graves y de tanta trascendencia para nuestro futuro y gobierno
y oposición deberían ser capaces de llegar a compromisos
de futuro serios en materia de residuos. Eso a falta de políticos
valientes que estén dispuestos a poner en riesgo la rentabilidad
electoral inmediata para enfrentar el futuro con decisión.
La otra política consiste en colocar
papeleras en los bordes de la autopista cada cincuenta
metros pegadas a las vallas o a las señales -como hizo el Cabildo
irresponsablemente en la pasada peregrinación a Candelaria- cuando
se suponía, además, que la gente no debía utilizar
la autopista entre otras cosas porque está prohibido. Esa política
populista que pretende ganarse el favor ciudadano aún enviándole
mensajes completamente confusos y erróneos desde el momento en
que no se le explica, con total claridad y contundencia, que en las excursiones
la basura no se va dejando por el camino, sino que hay que llevarla hasta
donde sea necesario con nosotros porque no existen papeleras en todas
partes, ni ninguna “señora de la limpieza” que nos
persiga por donde quiera que vamos. Eso no puede ni debe ser así
y, aunque ciertamente pueda parecer la solución más fácil,
está suponiendo un grave obstáculo para un cambio de mentalidad
necesario y urgente.