Un crimen con fundamento
Gail Bell, farmacéutica y autora de Poison: A History and
a Family Memoir (Veneno: historia y recuerdos de familia).
Cuando Víctor Yuschchenko se sentó el 5 de septiembre
ante un plato de sopa en la casa de verano del subjefe del departamento
de espionaje del Gobierno ucraniano (el sucesor de la antigua KGB soviética),
posiblemente estuviera cenando con el diablo. Algunas semanas después,
el líder de la oposición ucraniana sufrió una extraña
cascada de síntomas (abatimiento, unos paralizantes dolores abdominales,
la inflamación del hígado y unas lesiones que le han desfigurado
el rostro y la parte superior del cuerpo), indicativos todos ellos de
un violento proceso interno que ha sido descrito indistintamente como
una infección (posiblemente de origen viral, y probablemente
un herpes) y como consecuencia de su glotonería (un abuso de
comidas exóticas).
Poco a poco, Yushchenko recuperó la salud suficiente para volver
a hacer campaña a la Presidencia de Ucrania, pero al hombre que
se ponía el pañuelo naranja y que daba un paso atrás
para poner el micrófono a su altura se le había puesto
un aspecto de libertino abotargado que daba miedo.
Por otra parte, el problema siguió en pie hasta que las acusaciones
de Yushchenko de que había sido envenenado terminaron por ser
investigadas fuera de las fronteras de su país por un equipo
médico de una clínica de Viena, encabezado por el doctor
Michael Zimpfer. Cuando el 11 de diciembre se hizo público lo
que el doctor Zimpfer había descubierto, el mundo empezó
a tomar nota de lo que había ocurrido.
Los titulares de los periódicos nos proporcionaron dos elementos
vitales de información: veneno (cosa que todos comprendimos)
y dioxinas. ¿Dioxinas? Aquello tenía toda la pinta de
ser alguna especie de producto químico; incluso sonaba vagamente
a algo ya conocido, algo que se pudiera comprar por ejemplo en un vivero.
A medida que fueron pasando los días, tuvimos la oportunidad
de leer hasta el último detalle de lo que habríamos necesitado
saber en toda nuestra vida acerca de las propiedades de las dioxinas,
sin llegar a averiguar las respuestas a las preguntas más importantes
y más preocupantes: las de quién se las había administrado
y por qué.
No me refiero a la pregunta de por qué se ha tratado de hacer
daño al señor Yushchenko sino a la de por qué recurrir
a las dioxinas para hacérselo.
No deja de resultar curioso e inquietante a estas alturas de la Historia
tener que leer que se ha intentado asesinar mediante veneno a un personaje
político muy destacado. El asesinato por envenenamiento había
quedado relegado a las páginas de los libros de Historia desde
hace mucho tiempo, debido principalmente a que la ciencia ha anulado
la enorme ventaja de la que gozaban sobre sus perseguidores los envenenadores
de otros tiempos, esto es, la posibilidad de ocultar sus actos bajo
la apariencia de las calamidades normales que afligían a los
seres humanos.
La muerte asociada a diversos grados de sufrimientos y debilitamientos
podía achacarse (especialmente durante el siglo XIX) a enfermedades
de tipo orgánico y no había prácticamente pruebas
analíticas para demostrar las sospechas de envenenamiento. En
el siglo XXI, semejantes manejos son increíblemente más
difíciles de llevar a la práctica a menos que, como en
el caso de Yushchenko, el responsable aplique la primera regla del manual
del envenenador tradicional: escoger una sustancia que nadie esté
en condiciones de identificar. Basta con encontrar un contaminante de
la atmósfera, no bien identificado, que contamine el aire que
se respira,alrededor de las plantas incineradoras de residuos y ser
capaz de concentrarlo en una ampolla.
El envenenamiento no es cosa de aficionados. Es necesario tener mucho
arte y una buena dosis de ingenio antes de poder solicitar la admisión
en la cofradía. Los licenciados en las antiguas escuelas de envenenamiento
tenían que vérselas con los mismos problemas de compuestos
que los químicos modernos y que los aprendices de chefs de cocina
de los hoteles de cinco estrellas. ¿Se mezclará este polvillo
en ese líquido? ¿Se separará el aceite para formar
una película grasienta? ¿Habrá llegado a disimularse
ese olor delator con suficientes especias aromáticas¿
¿Qué pasa con el sabor?
Nuestros sentidos no están entrenados para diferenciar lo que
está oculto bajo algún tipo de disfraz. Estudiar los contenidos
del plato en busca de colores extraños no ha constituido nunca
un indicio fiable de lo que es normal. El arsénico, por ejemplo,
es rojo, amarillo, verde o blanco, según cuál sea la sustancia
química que lo acompañe.
¿Qué ocurre con el olor de los venenos? El ácido
prúsico huele a almendras, la cicuta huele a algo así
como los ratones, la adelfa parece chocolate y el arsénico a
coco: no hay una guía definitiva de bolsillo para ayudar al que
empieza. Segúnsu mujer, las dioxinas olían a “algo
así como una medicina” en los labios del señor Yushchenko.
El envenenamiento es un crimen íntimo y personal. Hay que llevar
engañada a la víctima a ingerir una dosis tóxica
camuflada en el seno de un vehículo benigno, como un alimento
o una bebida, con lo que se traiciona uno de los fundamentos de las
relaciones sociales entre los seres humanos, el de dar por hecho que
se actúa de buena fe.
En Ucrania, las reglas de la hospitalidad exigen que los huéspedes
coman y beban generosamente a la mesa del anfitrión, incluso
aunque sospechen de las malas intenciones del que invita.
Como era cuestión de rutina hace un siglo, el señor Yushchenko
se podría haber llevado con él a su propio catador a la
cena de la dacha. Los catadores no quitaban ojo – un ojo experto
– de todos y cada uno de los pasos de preparación de la
comida y seguían desde la cocina a la mesa el recorrido de cada
plato hasta la boca; en ocasiones, añadían incluso un
poco de teatro a su actuación mediante el recurso a cristales
y plumas pero, en esencia, les bastaba con recurrir a la insuperable
agudeza de sus propios sentidos.
Guardo en mi colección particular un anillo de envenenador que
tiene una pequeña bisagra en uno de lo lados y bajo un compartimiento
hueco oculto bajo una enorme amatista. Con mucha práctica, he
llegado a realizar a la perfección en fiestas y recepciones un
truco para echar una pequeña cantidad de una tableta efervescente
de vitaminas en el vaso de vino de cualquier compañero de cena.
Resulta sorprendente lo fácil que es distraer a alguien lo suficiente
como para liberar la bisagra, dejar que caiga el contenido y observar
hasta que terminan de aparecer burbujas. ¡Qué sencillo
habría sido, se maravilla una, verter dioxinas, que son absorbidas
fácilmente por la grasa, en el recipiente de la crema destinada
a la sopa del señor Yushchenko o, inspirándose en un capítulo
más moderno del manual de cabecera del envenenador, recubrir
su cuchara o su plato con una capa inapreciable de un producto químico!
Un químico de la University College, de Londres, se preguntaba
la razón por la que se haya preferido antes que nada una sustancia
tan particular como las dioxinas. “Si de verdad se quiere matar
a alguien –ha dejado escrito el doctor Andrea Sella en la web
thenewscientist.com -, se usa cianuro o ricino o estrictina. Si se usa
alguna sustancia rara, supongo que entonces resulta mucho más
difícil encontrarla”.
¿Por qué? El cianuro, la estricnina, el arsénico
y toda la amplísima farmacopea de los reinos de las plantas y
las serpientes han proporcionado los productos básicos de todas
las tentativas de envenenamiento a lo largo de los siglos. Cleopatra
era una adepta a los estudios empíricos de los efectos de las
mordeduras de serpiente en los esclavos. Se dice de ella que los venenos
minerales le parecían demasiado lentos y excesivamente delatores
porque eran causantes de que los cadáveres presentaran muecas
y cambios de color.
Otros destacados envenenadores como Madaleine d’Aubray (conocida
también por su título de marquesa de Brinvilliers) y el
anónimo visitante de Napoleón en su destierro, han coincidido
en preferir el arsénico como vehículo adecuado a sus planes.
La marquesa alcanzó sin duda una de las cumbres del arte del
envenenamiento por hacer que se conociera al arsénico con el
sobrenombre de “polvo de la herencia” cuando, después
de practicar con enfermos recluidos por caridad en un hospital de pobres,
dio de comer regularmente a su padre una sopa de su especialidad.
Volvemos así a la pregunta que nos hacíamos en el punto
de partida: ¿por qué recurrir a dioxinas? Hay muchas formas
de clasificar los venenos. El arsénico y la cicuta, por ejemplo,
son asesinos lentos; necesitan tomarse siniestramente su tiempo. El
cianuro y la estricnina son rápidos, pero despiadados. Las dioxinas,
por lo que sabemos, son un veneno lento y acumulativo, que va dejando
sentir sus devastadores efectos en la fisiología del ser humano
a lo largo de meses, de años, quizá incluso de toda la
vida.
¿Qué pasaría si la intención no fuera la
de matar a Víctor Yushchenko sino la de causarle un daño
de tal forma que sus gestos carecieran de toda gracia, como si se sobreimpresionara
el rostro arruinado de un alcohólicosobre el de un hombre bien
parecido en otros tiempos? No se trata, sospecho yo, más que
de un ligero atisbo de lo que puede ser el mundo secreto de la guerra
química, que es la sucesora de la antigua cofradía de
los envenenadores e incluso, quizás, de una ojeada fugaz a lo
que ocurre tras los jirones del telón de acero. Dosis continuadas
de dioxinas y envejecimiento prematuro.
Las dioxinas, por tanto, parecen hechas a propósito para derribar
a un Adonis de su pedestal, lo que, para alguien sometido a la observación
de la opinión pública, es una especie de muerte. La buena
noticia de este desgraciado asunto es que se ha sacado a la luz la conspitración.
El rostro del señor Yushchenko recuperará la buena salud
con el tiempo. No puede decirse lo mismo de la retorcida mente que le
puso el veneno en la mesa.
Carlos Arribas
Publicado en El Mundo (21 de diciembre de 2004)
