Alfonso González Jerez
La tensión vecinal en La Orotava alrededor de las obras de demolición
del ruinoso teatro Atlante ha evidenciado, de nuevo, la particular concepción
que el alcalde Isaac Valencia tiene de sus responsabilidades como alcalde,
del papel del ayuntamiento en los problemas colectivos, de la democracia
y sus normas. El avestrucismo en los problemas sociales y vecinales,
la altanería y el autoritarismo, la opción por las soluciones
de fuerza, el desprecio sobre los ciudadanos no ovejunos y la demagogia
más o menos farfullada son los rasgos principales de la gestión
de Valencia hace lustros, y que se observan también en esta crisis.
El verdadero rostro de Isaac Valencia, alcalde de La Orotava desde
hace más de veinte años, veinte y pico años de
un gobierno municipal omnipotente, a menudo opaco, impermeable a la
crítica y de estilo cada vez más despótico y agorafóbico,
se dibuja en cuanto el político abre la boca y se fotografía
cuando lo hace para agredir a alguien, ejercer el desprecio o bufar
ante una situación que no controla perfectamente. Por ejemplo,
la manifestación de un grupo de vecinos orotavenses por las obras
de derribo del antiguo teatro Atlante y dos viviendas colindantes. Las
declaraciones de Valencia al respecto, pocas horas antes de que la Policía
Local, siguiendo sus instrucciones, arremetiese contra los manifestantes,
definen con precisión lo que entiende Valencia por democracia,
convivencia cívica, respeto a la legalidad o responsabilidades
de un alcalde. E ilustran, asimismo, las pésimas relaciones que
Saso el Maceta (así conocido, cariñosamente, por los vecinos)
mantiene desde siempre con el lenguaje humano. A Valencia el idioma
le molesta como a otros les molesta un golondrino. La gente empieza
a hablar, se pone a charlotear, se acostumbra a debatir y termina por
discutir tus decisiones y tu mismísima autoridad.
A un señor se le prohíbe, porque los vecinos lo estiman
así, que pueda construir en su terreno lo que por ley le corresponda,
esto no se había visto nunca en ningún lugar de España".
Los vecinos que se han manifestado en los últimos días
no están prohibiendo nada. Los vecinos no disponen de potestad
para prohibir nada en absoluto. Los vecinos se habían dirigido
previamente al ayuntamiento, e intentado hacer lo mismo con la empresa
promotora de José López. Los vecinos consideran que no
han recibido suficientes garantías técnicas (ni en el
consistorio ni por parte del promotor) sobre el impacto de los derribos
en la estabilidad estructural de sus casas. Los vecinos, por decirlo
suavemente, se están interesando por no correr el riesgo de que
sus casas se vean reducidas a ruinas. Algo que ha ocurrido en España
en bastantes ocasiones, incluso recientemente, cuando las autoridades
municipales no han actuado con la suficiente eficacia, diligencia o
transparencia.
Las obras tienen todos los requisitos y licencias, como es el informe
favorable de la Comisión de Patrimonio para poder trabajar, y
no entiendo la actitud de los vecinos que están coartando la
libertad de otro ciudadano que quiere fabricar en su finca". Esta
es muy buena. Breve, fresca y olorosa: como perejil en maceta. Ilumina
una de las convicciones ideológicas más insobornables
de Isaac Valencia: la libertad es, sobre todo, la libertar de fabricar,
de construir, de levantar edificios. Valencia cree firmemente que ser
es ser constructor, que la libertad democrática consiste en poder
adquirir un adosado y que la prosperidad está construida, siempre,
con ladrillo. Solo debe observarse el desarrollo urbanístico
de La Orotava para comprobarlo. O tal vez observar la aniquilación
paisajística del Valle. ¡Qué pena que todavía
queden antiguallas como la Rambla de Castro! En esta materia, don Isaac
siempre ha sido un incomprendido. Valencia siempre despreció
la platanera, no desde la crítica a la concentración de
riqueza agraria y el maltrato a los jornaleros, sino desde un señoritismo
que identificaba actividad agrícola con ordinariez. No es que
Valencia sea un coburgo o siquiera coburgófilo. Nació
en una familia de artesanos y pequeños comerciantes, y estudió
precisamente Ciencias Agrarias, así que su desprecio hacia la
agricultura es, también, una forma de olvidar su grisáceo
pasado como anónimo profesor de una escuela universitaria. No
ha conseguido acabar del todo con la platanera, ni abrir un gran hotel
en su término municipal, pero no renuncia a la esperanza de un
campo de golf. Valencia desprecia el derecho a manifestarse. Valencia
pasa por alto que dicha manifestación había sido informada
a la Subdelegación del Gobierno. Valencia profesa un cinismo
estúpido al obviar que la juez de guardia del juzgado número
uno había dictado una orden para la retirada de la pala mecánica
de la vía pública.
Aparecer o no es voluntad exclusivamente mía, nadie me obliga
a ir a ningún sitio. El promotor tiene licencia, y si los vecinos
se oponen no es problema mío, es problema de ellos, y el propietario
tiene que defender sus intereses en los juzgados, porque el ayuntamiento
cumplió con su deber con el propietario como con cualquier ciudadano".
Valencia parece estar a punto de estallar. ¿Pero qué es
esto? ¿Es que acaso estamos en el comunismo? ¿Es que le
van a obligar a ir por algún sitio? Hombre, mucho cuidado con
eso, ¿eh?, mucho cuidado con eso. A ver si alguien cree que puede
obligarme a moverme de aquí para allá o vicervesa. El
alcalde pretende dejar claro a los alborotadores que no piensa correr
a ningún sitio. Es muy tranquilizador. Una manifestación
de protesta que se prolonga durante varios días no es argumento
suficiente para que Valencia se digne a personarse en el lugar e intentar
dialogar con los vecinos. ¿Pero saben algo? Al promotor que lo
zurzan también. Que los vecinos se opongan a la demolición
y a las nuevas edificaciones no es problema de Valencia, pero que el
constructor no pueda hacerlo, por la presión de los vecinos,
tampoco es de su incumbencia. A él que lo dejen en paz, joder,
que está gobernando La Orotava, intentando atraer capital inversor,
llenando las calles de farolas, mástiles y tiestos de flores
y aprendiendo a escribir Humboldt correctamente, y no puede distraerse
con tonterías. Que lo resuelvan entre ellos. No deja de ser llamativa
la frase "el ayuntamiento cumplió con su deber", utilizada
para justificar el escaqueo con un ligero y heroico aroma militar.
Por mi parte no hay nada que conciliar, ya que el propietario cumple
con todos los requisitos legales para poder construir... Hemos dado
la licencia porque los informes técnicos son favorables... El
ayuntamiento no tiene competencias, he mandado a la Policía Local
para evitar que surjan problemas no convenientes".
Aquí el estilo valencístico llega a su máximo
esplendor. Valencia suele perorar tanto de tribunales y abogados que
a veces se cree una autoridad judicial. Si así no fuera, no se
entiende la frase "por mi parte, no hay nada que conciliar".
No se trata de conciliar nada, sino de ejercer una de las funciones
de un cargo público, particularmente imprescindible en el caso
de un alcalde, como es respetar los intereses privados sin perjudicar
en ningún momento los intereses generales públicos ni
los de otros ciudadanos. Valencia, obviamente no lo entiende así;
en realidad, no quiere entenderlo de ninguna manera. Pero eso sí:
no se olvida de enviar a la Policía Local, y el pasado viernes,
ordenó que se desalojase la zona para que la pala mecánica
pudiera trabajar. Un poco confuso, porque se suponía, así
lo expuso antes, que el ayuntamiento no tenía arte ni parte.
Entre los manifestantes, que en la tarde del viernes estaban practicando
una sentada, se encontraba la concejal Montserrat Hernández,
de Iniciativa por La Orotava, al que los agentes arrastraron por el
suelo sin el menor respeto. Valencia detesta a IpO casi tanto como al
PSOE. Y eso que IpO es una hijuela de su talento político: el
veterano alcalde siempre se opuso al proyecto de CC, si eso suponía
meter en la lista electoral a los rojos de Ican, y ahora se los encuentra
de frente, aliados o no con los ecologistas. Pero lo mejor de todo,
lo mejor sin reservas, está en su justificación final:
"He mandado a la Policía para evitar que surjan problemas
no convenientes". En efecto, alcalde, hay problemas convenientes
y hay problemas inconvenientes. ¿Es un problema conveniente que
una pala mecánica amenace, ante la impasibilidad absoluta de
los agentes de la Policía Local, a medio centenar de manifestantes
pacíficos, mientras el empresarios les llama hijos de puta? ¿Es
un problema inconveniente que un grupo de vecinos se manifieste porque
teme por el futuro de sus viviendas? Los manifestantes seguían
ahí ayer sábado. La pala sigue allí.
El conflicto sigue allí. Quien no está allí es
Isaac Valencia. No abandona su despacho de la Alcaldía. Como
si tuviera miedo de no saber regresar a ella.
Fuente: La Opinión de Tenerife, 13-03-05

12-03-05
La Policía Local cargó contra vecinos apostados frente
a la pala mecánica

