Tres mujeres desvelan su calvario y esperan
que el nuevo equipo de la Consejería no cometa los "errores"
anteriores
Ellas fueron las primeras en denunciar
los maltratos que se vivían en los centros de menores con medidas
judiciales del Archipiélago y se convirtieron en los ojos, los
oídos y la boca de sus hijos internos. Mujeres como Dolores,
Ángeles y Loli han puesto, entre las tres, unas treinta denuncias
ante la Fiscalía de Menores. Y las que hagan falta.
Desde que al hijo de Dolores -La Feria
(Las Palmas de Gran Canaria)- lo echaron del colegio empezaron todos
los males. "Él tenía problemas de conducta, pero
empezó a estar todo el día fuera de casa y a llegar tarde
por las noches. Y las malditas pastillas", explica. Como buena
parte de los jóvenes delincuentes, Juan es consumidor de valium
y tranxilium. "Y claro, con los problemas que ya tenía,
aquello fue la bomba, perdía el control y se ponía muy
agresivo".
Dolores, quien tuvo que soportar incluso
la visión de su hijo durmiendo en la calle, pidió al fiscal
de Menores que ingresara a Juan en algún centro para rehabilitarlo,
"pensando que iba a estar contenido y sin pastillas, pero de eso
nada".
Juan, que sólo tenía
15 años cuando fue condenado a régimen semiabierto por
hurtos en el barrio, mantuvo el consumo de pastillas en los centros
por donde pasó hasta el punto de que un día se lo tuvieron
que llevar a Urgencias. "Pero todo eso a mí se me ocultó.
Yo era su madre y ni siquiera me informaron".
Esa fue la primera denuncia de Dolores,
pero vinieron más porque en Tabares no tenía ni champú
para ducharse, porque los educadores le amenazaron para que no contara
nada, por el uso de correas de contención psiquiátrica.
Un día, Juan decidió no volver de uno de sus permisos.
"Estaba arrebatado, estar en los centros no le fue nada bien",
asegura Dolores.
Ángeles, en Santa Cruz de Tenerife,
opina igual. "Yo pedí que llevaran a mi hijo Yerai a un
centro con la gran ignorancia de no saber a dónde lo iban a llevar.
Me quitaron la tutela por tres meses para reinsertar a mi hijo, pero
su estancia en Tabares fue algo terrible", explica.
Yerai también consumía pastillas y robaba coches para
irse al Sur. "Mi primera sorpresa fue que lo detienen un viernes
y lo tienen hasta el lunes en comisaría, porque Protección
del Menor no trabaja los fines de semana", recuerda.
Tranquilizantes y malos tratos
Luego, ya en el centro de Tabares,
Ángeles se percató de que estaban dando tranquilizantes
a su hijo, recetados por un psiquiatra, sin que nadie le dijera nada.
Acababa de llegar al centro.
"Compañeros de mi hijo
sufrieron malos tratos por parte de los educadores; en esa época
había muchos porteritos de discoteca para impresionar a los chicos,
sin ninguna carrera ni preparación". Ángeles recuerda
de manera especial el caso de Pedro, un niño que intentó
fugarse junto a otro menor. Sin embargo, sólo uno podría
hacerlo porque se ayudaban uno a otro para saltar el muro. "Pedro
se quedó toda la noche en el patio sabiendo lo que le esperaba
al día siguiente. Mi hijo me dijo que eran tantos los chillidos
del chico que todo el módulo se enteró de la paliza".
Pedro y Dailos
Ella fue a hablar con la directora y
pidió ver a Pedro, pero no se le permitió. "Si no
es tu hijo, ¿por qué denuncias?", asegura que fue
la respuesta. Otras quejas de Ángeles en Fiscalía fueron
por Dailos, un menor diabético que también fue golpeado
o por la sarna que cogió su hijo en el centro.
"Tenía que dejarle dinero
a mi hijo para que se comprara champú y pasta de dientes en el
economato. Las habitaciones no tenían cuarto de baño y
tenían que hacer sus necesidades en bolsas; sus cosas personales
las guardaban en una cajita de zapatos", recuerda.
Un "infierno"
Loli, la madre de Nano, también
ha puesto una docena de denuncias. Su hijo permaneció durante
seis meses en Tabares, "un auténtico infierno". El
menor tenía una discapacidad psíquica del 40 por ciento
y, según asegura Loli, "se deja arrastrar por sus amigos.
Robaba, me pegaba a mí y a mi hijo pequeño, rompía
cosas... Le pedí al fiscal que lo sacara de mi casa, pero luego
internado estaba peor".
"Los hartaban a pastillas, había
leña, de todo; salen peor de lo que entran, rebotados, muy mal",
asegura Loli.
"Mi hijo acaba en la cárcel"
Loli, vecina del barrio de El Sobradillo,
en Santa Cruz de Tenerife, está convencida de que su hijo acabará
en la cárcel. "Como muchos de sus amigos que han estado
en los centros". La odisea de esta mujer humilde que trabaja de
manera esporádica limpiando barrancos para el Ayuntamiento, en
el servicio doméstico o en un horno de pan ha pasado por sus
peores momentos cuando, por ejemplo, le descontaban un día de
trabajo si perdía la mañana en ir a Fiscalía a
denunciar los malos tratos de que era objeto su hijo.
En lo que coinciden todas las madres
es que se ha abierto una puerta a la esperanza con los cambios en la
Consejería. "Confiamos en que los nuevos no cometan los
mismos errores", aseguran.
Fuente: La Opinión de Tenerife,
Domingo, 19 de junio de 2005
08-06-05
Una joven muere en un incendio en el centro de menores de Valle Tabares
