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Tenerife
                         
Las madres coraje de Tabares
                         
23 - 06 - 05

 


Tres mujeres desvelan su calvario y esperan que el nuevo equipo de la Consejería no cometa los "errores" anteriores

Ellas fueron las primeras en denunciar los maltratos que se vivían en los centros de menores con medidas judiciales del Archipiélago y se convirtieron en los ojos, los oídos y la boca de sus hijos internos. Mujeres como Dolores, Ángeles y Loli han puesto, entre las tres, unas treinta denuncias ante la Fiscalía de Menores. Y las que hagan falta.

Desde que al hijo de Dolores -La Feria (Las Palmas de Gran Canaria)- lo echaron del colegio empezaron todos los males. "Él tenía problemas de conducta, pero empezó a estar todo el día fuera de casa y a llegar tarde por las noches. Y las malditas pastillas", explica. Como buena parte de los jóvenes delincuentes, Juan es consumidor de valium y tranxilium. "Y claro, con los problemas que ya tenía, aquello fue la bomba, perdía el control y se ponía muy agresivo".

Dolores, quien tuvo que soportar incluso la visión de su hijo durmiendo en la calle, pidió al fiscal de Menores que ingresara a Juan en algún centro para rehabilitarlo, "pensando que iba a estar contenido y sin pastillas, pero de eso nada".

Juan, que sólo tenía 15 años cuando fue condenado a régimen semiabierto por hurtos en el barrio, mantuvo el consumo de pastillas en los centros por donde pasó hasta el punto de que un día se lo tuvieron que llevar a Urgencias. "Pero todo eso a mí se me ocultó. Yo era su madre y ni siquiera me informaron".

Esa fue la primera denuncia de Dolores, pero vinieron más porque en Tabares no tenía ni champú para ducharse, porque los educadores le amenazaron para que no contara nada, por el uso de correas de contención psiquiátrica. Un día, Juan decidió no volver de uno de sus permisos. "Estaba arrebatado, estar en los centros no le fue nada bien", asegura Dolores.

Ángeles, en Santa Cruz de Tenerife, opina igual. "Yo pedí que llevaran a mi hijo Yerai a un centro con la gran ignorancia de no saber a dónde lo iban a llevar. Me quitaron la tutela por tres meses para reinsertar a mi hijo, pero su estancia en Tabares fue algo terrible", explica.
Yerai también consumía pastillas y robaba coches para irse al Sur. "Mi primera sorpresa fue que lo detienen un viernes y lo tienen hasta el lunes en comisaría, porque Protección del Menor no trabaja los fines de semana", recuerda.

Tranquilizantes y malos tratos

Luego, ya en el centro de Tabares, Ángeles se percató de que estaban dando tranquilizantes a su hijo, recetados por un psiquiatra, sin que nadie le dijera nada. Acababa de llegar al centro.

"Compañeros de mi hijo sufrieron malos tratos por parte de los educadores; en esa época había muchos porteritos de discoteca para impresionar a los chicos, sin ninguna carrera ni preparación". Ángeles recuerda de manera especial el caso de Pedro, un niño que intentó fugarse junto a otro menor. Sin embargo, sólo uno podría hacerlo porque se ayudaban uno a otro para saltar el muro. "Pedro se quedó toda la noche en el patio sabiendo lo que le esperaba al día siguiente. Mi hijo me dijo que eran tantos los chillidos del chico que todo el módulo se enteró de la paliza".

Pedro y Dailos

Ella fue a hablar con la directora y pidió ver a Pedro, pero no se le permitió. "Si no es tu hijo, ¿por qué denuncias?", asegura que fue la respuesta. Otras quejas de Ángeles en Fiscalía fueron por Dailos, un menor diabético que también fue golpeado o por la sarna que cogió su hijo en el centro.

"Tenía que dejarle dinero a mi hijo para que se comprara champú y pasta de dientes en el economato. Las habitaciones no tenían cuarto de baño y tenían que hacer sus necesidades en bolsas; sus cosas personales las guardaban en una cajita de zapatos", recuerda.

Un "infierno"

Loli, la madre de Nano, también ha puesto una docena de denuncias. Su hijo permaneció durante seis meses en Tabares, "un auténtico infierno". El menor tenía una discapacidad psíquica del 40 por ciento y, según asegura Loli, "se deja arrastrar por sus amigos. Robaba, me pegaba a mí y a mi hijo pequeño, rompía cosas... Le pedí al fiscal que lo sacara de mi casa, pero luego internado estaba peor".

"Los hartaban a pastillas, había leña, de todo; salen peor de lo que entran, rebotados, muy mal", asegura Loli.

"Mi hijo acaba en la cárcel"

Loli, vecina del barrio de El Sobradillo, en Santa Cruz de Tenerife, está convencida de que su hijo acabará en la cárcel. "Como muchos de sus amigos que han estado en los centros". La odisea de esta mujer humilde que trabaja de manera esporádica limpiando barrancos para el Ayuntamiento, en el servicio doméstico o en un horno de pan ha pasado por sus peores momentos cuando, por ejemplo, le descontaban un día de trabajo si perdía la mañana en ir a Fiscalía a denunciar los malos tratos de que era objeto su hijo.

En lo que coinciden todas las madres es que se ha abierto una puerta a la esperanza con los cambios en la Consejería. "Confiamos en que los nuevos no cometan los mismos errores", aseguran.

Fuente: La Opinión de Tenerife, Domingo, 19 de junio de 2005

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