(o: Por qué
hay que manifestarse el 26-N)
Kant nos legó un discurso imprescindible
para entender la dignidad. Ese discurso replica a dos tendencias constitutivas
de la sociedad moderna. Por una parte, la creciente mercantilización
del mundo, incluida la vida humana, el que nada quede a resguardo del
alcance del dinero; por otra, la inclinación de los hombres a
permanecer en la minoría de edad, tutorizados por diversos poderes,
a dejarse dominar, esclavizar, envilecer, en fin, lo que él llama
"ánimo servil".
Frente a esas tendencias, Kant defiende
que, al margen del reino de "las cosas que tienen precio",
tenemos que pensar el de las que "poseen una dignidad". Dignidad
sería lo que caracteriza a aquello que se eleva por encima de
todo precio, cuyo valor no es relativo, sino absoluto; lo que no puede
servir de medio para ningún fin externo a sí mismo. Según
Kant, sólo los hombres, y sólo precisamente en la medida
de que sean sujetos racionales libres, poseen dignidad.
Un aspecto interesante de su doctrina
es que nos muestra la dignidad, no como un estado, sino como una situación,
y, en ese sentido, como una tarea, un reto, una conquista siempre amenazada.
El mero formar parte de la especie humana no nos da título alguno
para ella. Las figuras del esclavo, del súbdito, de la fuerza
de trabajo capitalizada, son figuras humanas, claro, pero, en cuanto
sometidos a un poder externo, los individuos han sido convertidos en
indignos, reducidos a cosas, a meros medios. Sólo la libertad
dignifica. En virtud de la libertad -en el sentido radical de la autodeterminación,
la absoluta independencia respecto a cualquier tipo de coacción
que se nos imponga desde fuera- nos hacemos dignos de la dignidad.
Por otra parte, Kant nos enseña
que la dignidad tenemos que pensarla como un deber hacia nosotros mismos.
La autoconservación de la especie y la vida colectiva impone
a los individuos -todos tenemos la experiencia- una serie de deberes
hacia los otros, más o menos apremiantes, soportables o gravosos.
El valorarse a sí mismo como seres libres sería "el
deber del hombre respecto a sí mismo". Nos debemos, pues,
a nosotros mismos la dignidad; y permanecer sometidos a un estado de
humillación debe verse, no sólo como un atentado contra
nuestra libertad ejercido desde fuera, sino como una vulneración
autoculpable del deber de autodeterminarnos. Kant sabía que emanciparse
es una tarea costosa y que, como constatamos hoy por doquier, la sujeción
a poderes ajenos puede llegar a resultar incluso confortable. La dignidad
nunca es un regalo, sino una tarea: eso es lo que significa que debamos
considerarla como un deber.
De ese deber general de autodeterminarse
se derivarían una serie de máximas para la acción.
Kant indica expresamente en primer lugar las dos siguientes: "No
te conviertas en esclavo de otros hombres; no te dejes pisotear tus
derechos".
Estas consignas nos conducen directamente
al sentido primordial de la manifestación por la dignidad del
26 de noviembre. Por que el "No al puerto de Granadilla",
nuestro "Ya está bien", son formas específicas
de responder a la humillación. Los que nos manifestemos lo hacemos
por que no queremos dejarnos esclavizar ni permitir que pisoteen nuestros
derechos. Y quien no deja pasivamente, sumisamente, que le expolien
la vida, el paisaje y la memoria, se ha puesto en camino hacia la dignidad.
La frase con que acaba Kant su pasaje
sobre la dignidad es la siguiente: "Pero quien se convierte en
lombriz no puede después quejarse de ser pisoteado". De
eso se trata esencialmente el 26 de noviembre: intentar superar la condición
de reptil a la que un poder caciquil humillante nos tiene sujetos, intentar
adoptar por fin la posición erguida para que no puedan seguir
pisoteándonos. La manifestación contra el puerto de Granadilla
es realmente una manifestación por la dignidad.
Ciro Mesa