Foro contra la Incineración

Tenerife
                         
¿Sabemos los canarios lo que es un huracán?
                         
12 - 12 - 05

 

Seguramente habrá en Canarias muchas personas que han vivido huracanes y saben perfectamente lo que es. Lo que es menos probable es que ese huracán lo hayan presenciado aquí, en este Archipiélago.

Han habido, efectivamente, fenómenos meteorológicos adversos que todos hemos visto, como las lluvias torrenciales del 31 de marzo en Santa Cruz. En 1957 en La Palma perdieron la vida decenas de personas en un fenómeno parecido al de Santa Cruz, aunque mucho más violento. Pero ninguno de estos fenómenos, ni otros muchos que podríamos relacionar, parecen tener mucho que ver con lo que se entiende propiamente como un huracán y sus consecuencias.

Unelco-Endesa, junto con el ayuntamiento de Santa Cruz, incluso con el apoyo de Wladimiro Rodríguez Brito en su homilía de este domingo en El Día, nos quieren hacer ver que lo que hemos vivido en Tenerife (no sólo en Tenerife, sino en La Palma, en El Hierro o en Gran Canaria) la noche del lunes 28 de noviembre, fue un huracán en toda regla, incluso un sinvergüenza de Unelco-Endesa ha llegado a darle la categoría dos a este supuesto huracán. Y todo para intentar explicar lo inexplicable, que es que a estos irresponsables se les hayan caído 150 torretas de alta tensión, muchas de ellas completamente podridas.

Imagínense que quieren hacer ver que ha pasado un huracán por un sitio que no ha sido siquiera declarado zona catastrófica. En este sucio juego han entrado todos, empezando por el PSOE, partido más comprometido, seguramente, con los intereses de Unelco-Endesa de todos los que constituyen el arco parlamentarios. Incluso el reportaje de Informe Semanal ha llegado a decir que los vientos en Canarias estuvieron entre los ¡200-300 km/h).

Y, ¿por qué desde Coalición Canaria, PP y desde el PSOE-Endesa-Unelco se está lanzando este miserable mensaje? Muy sencillo, no es sólo la forma de justificar su incompetencia y su golfería, sino que se trata, fundamentalmente, de que Unelco-Endesa salve su cuenta de resultados y no tenga que indemnizarnos a todos y cada uno de los ciudadanos o empresas que hemos sufrido este disparate.

Todos, y al frete de todos ellos el periódico El Día (principal empresa beneficiada de esta desgracia a base de publicidad promociones y demás), se han lanzado como locos a defender los intereses, una vez más, de Unelco-Endesa y en contra de los intereses de la ciudadanía. Nada más y nada menos que lo que han hecho siempre.

Hace unos meses el Fiscal Jefe de Tribunal Superior de Justicia de Canarias abría diligencias a un ex político cabreado que, al parecer, dijo unas improcedencias dirigidas hacia el presidente del mismo Tribunal, después de ser absuelto en un proceso judicial que duró ¡12 años! Pero no fue que el jefe se sintiera ofendido y presentara una denuncia. No, no, de oficio el personaje salió en defensa del honor de su Jefe. Verdaderamente asombroso.

Pues esos mismos fiscales, siguiendo instrucciones -al parecer- del Gobierno del PSOE (Unelco-Endesa), no consideran oportuno abrir diligencias a Unelco-Endesa por un posible delito tipificado en el artículo 350 del Código Penal, en relación a las torres podridas. Pero es más, el señor Martinón, para hacernos creer no se sabe qué, llevó la propuesta al Cabildo de presentar una denuncia por posible delito, pero como Ricardo Melchior, evidentemente, ha dicho que ni de coña, pues el PSOE ha salido a lamentarse a los medios de comunicación. Es asombrosos el nivel de cinismos al que puede llegar esta gente. Señor Martinón, si usted cree que hay delito no sólo es su deber, sino su sagrada obligación como cargo público, dar traslado inmediato del tema, como mínimo, a la Fiscalía, que controla precisamente su partido, independientemente de lo que diga el señor Melchior que, por otra parte, se sabía perfectamente lo que iba a decir antes de que se usted presentase esa propuesta, como es lógico porque es de bien nacido el ser bien agradecido y, otra cosa no, pero el señor Melchior es, en este sentido, un auténtico "caballero". ¿A quién pretende engañar, exactamente, el PSOE? Y decimos el PSOE sin referirnos, evidentemente, a la mayor parte de su militancia que conocemos del bochorno por el que están pasando en estas horas vergonzantes.

Bueno, bueno.... que se sepa que no nos van a engañar, ni a los que alguna vez nos han engañado y nos han sacado el voto, ni, seguramente, a muchos de los que nunca han confiado en ustedes seguramente porque estaban mejor informados que los otros. Pero eso creemos que se está acabando y ni aunque Unelco-Endesa les financie una multimillonaria campaña con todo el dinero que se ahorrará, gracias a ustedes y al huracán que nunca existió, en su pretensión de no compensar a la ciudadanía por sus multimillonarias pérdidas, creemos que puedan seguir engañando al pueblo indefinidamente. Eso parece, ya a esta alturas, que sea posible.

Si alguien tiene interés en conocer, si no lo conoce, uno de los pocos episodios que se han producido en Canarias que se podrían asemejar a un huracán, a continuación les reproducimos un episodio que relató Sabin Berthelot que hizo desaparecer, además de la vida de muchas personas en Tenerife, un drago que había en La Orotava más imponente incluso que el de Icod. Que no se conoce que esta tormenta haya dañado a drago alguno. Ni el peor que está de todos, en Tacoronte, ha sufrido daño alguno.

No es para alarmar a nadie, pero si alguien lee lo que relata Berthelot, en una época en que los barrancos estaban más o menos limpios, que la ocupación del territorio no tenía nade que ver con lo que podemos encontrarnos ahora, seguro que obligatoriamente tendrá que reflexionar sobre lo que ocurriría si pasara algo semejante a eso por el sur turístico, por poner un ejemplo. Lluvias torrenciales y vientos huracanados, las dos cosas juntitas, algo con lo que algunos impresentables están jugando ahora para no asumir sus responsabilidades intentando engañarnos a todos.

Pero quizás lo importante no sea eso, sino que reflexionemos sobre el hecho cierto de que si bien el cambio climático está ahí y se pueden ver sus efectos en el clima, no es indispensable condición para que nos visite en huracán. Ya nos visitó uno, al menos, en 1826.

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EL HURACÁN

El 7 de noviembre de 1826 fue un día nefasto para los habitantes de Canarias. Me encontraba en La Laguna unas horas antes de que la tremenda catástrofe sumiera a los pueblos de Tenerife en la mayor desolación. Tenía que regresar a Santa Cruz y el doctor Saviñón me aconsejó que lo hiciera cuanto antes: “Desde esta mañana” -me dijo- “mi barómetro indica que algo extraordinario va a suceder… Despache pronto sus asuntos y váyase antes de que caiga el chubasco, o puede ser algo peor”.

Me separé del buen doctor y, ya de camino, sus pronósticos empezaron a manifestarse. El viento que soplaba del Suroeste a mi salida de La Laguna, cambió bruscamente al Sur y después al Este; pero lo que todavía non era más que una ventolina indecisa que soplaba a ráfagas y mudaba de dirección, pronto se volvió vendaval. El sol oscureció, las nubes acumuladas en el horizonte ascendían rápidamente hacia lo alto, y una larga estela caliginosa se extendía de oriente a occidente como si el cielo se hubiese desgarrado. El pico Teyde, ese semáforo de tormentas, se cubría con su negra capucha. Costaba respirar en aquella atmósfera que la borrasca acosaba por todos lados. Y una excitación nerviosa me invadía, como una premonición. Entre esos inquietantes anuncios recibí un pronóstico que había sido testigo en América: se trataba del huracán de las Antillas, que llegaba con sus señales precursoras. Pero en esta ocasión, lejos de aquellas latitudes, venía a abatirse sobre una región que yo había creído a salvo de sus estragos.

Gruesos y perdidos goterones anunciaban el aguacero. Todavía no rugía la tormenta, el rayo no desgarraba las nubes, pero con todo, el silencio de los elementos en medio de esas inquietantes señales hubiera impresionado al más animoso.

Llegué a Santa Cruz a eso de la una. El mar se embravecía por momentos, y la resaca estallaba contra el muelle donde me había situado para contemplar la impresionante escena que allí iba a tener lugar. En efecto, al poco se desencadenó una encarnizada lucha de lluvia y viento que se mantuvo sin cesar hasta el día siguiente. La tempestad fue terrible, espantosa, salvaje. El mar se levantó desde el fondo de los abismos para invadir la costa. El devastador huracán descargó sobre la isla su despiadada furia. Dos grandes navíos rompieron sus amarras y fueron lanzados a la playa; Un tercero, arrojado contra las rocas, se perdió irremediablemente.

Eran la nueve de la noche. Yo me encontraba allí, como tantos otros, con un grupo de marineros, dispuesto a socorrer a los desgraciados náufragos. Nos aferrábamos a los parapetos del muelle porque la violencia del viento, que levantaba los bloques de la escollera, podía lanzarnos al agua. Un trozo de mástil vino a caer a tres pasos de donde me encontraba y apareció un bulto con apariencia humana: Era un marinero del buque americano que acababa de zozobrar… ¡El único superviviente de toda la tripulación!

Al hacerse de día se conocieron nuevos desastres. La rada estaba barrida de embarcaciones y la lluvia y el viento no amainaban. Por los barrancos que flaquean Santa Cruz corrían masas de agua cargadas de residuos; Enormes troncos de árboles arrancados de los bosques por la fuerza de la tormenta eran también llevados por la corriente, que, al llegar a la costa lo arrastraba todo. El castillete de San Miguel emplazado en la desembocadura de uno de los barrancos, fue arrastrado hasta el mar con toda su artillería.

Las noticias llegadas del interior eran desoladoras. Se decía que la zona de La Orotava era la más afectada y se hablaba de espantosas desgracias. El número de muertos era impresionante mis temores iban en aumento: Tenía allí amigos, sobre todo uno, el más íntimo, cuya suerte ignoraba. Mi vivienda podía encontrarse entre las inundadas, acaso en ruinas. Temblaba por mis colecciones, por mis libros, mis manuscritos. Al cabo de dos días de zozobra los caminos volvieron a ser practicables y recibí una carta de mi querido Auber. Me comunicaba que mis pertenencias apenas habían sufrido daños, pero la población de La Orotava tenía que deplorar grandes pérdidas. Lo que me decía en su carta era lo siguiente:

El 7 de noviembre el rugido de las olas fue más fuerte que de ordinario: Su retumbar llegaba hasta la Villa, como un siniestro presagio. A la puesta del sol el cielo se tornó amarillento y pronto adquirió un terrible aspecto. A continuación, un oscuro manto cubrió todo el Valle seguidamente calló un tromba de agua y la tormenta llegó a su punto culminante. Hacia media noche se dijo que la tromba lo iba a anegar todo. El fragor de los torrentes que se precipitaban desde las montañas, los desprendimientos de rocas, los aullidos de la tormenta no es posible describirlos.

Jamás había visto nada parecido. Los relámpagos iluminaban por instantes estas desoladoras escenas. Al día siguiente por la mañana todavía soplaba el viento con violencia y la lluvia seguía cayendo. Inquieto por la suerte de mis vecinos me arriesgué a dar unas vueltas por el pueblo. ¡Qué espectáculo más triste! El espanto se reflejaba en todos los rostros. Uno no se atrevía a hacer preguntas, porque cada encuentro equivalía a descubrir nuevas desgracias. En la parte oriental de la Villa, las calles eran impetuosas torrenteras, y en los sitios donde el empuje de las aguas había sido más violento, grandes brechas señalaban el lugar que antes ocupaban las edificaciones llevadas por la riada. Los estragos ocasionados por el huracán eran todavía más terribles en el barrio de El Calvario: Allí, cadáveres que se amontonaban en las iglesias heridos que eran llevados al hospital, pobres huérfanos abandonados preguntando, inconsolables por sus padres a todos cuantos se encontraban. ¡Era horrible! El camino que lleva a este barrio estaba cortado por profundos tajos. Y los campos, cubiertos por los arrastres, no eran más que devastación y ruina. Chozas destrozadas, arenales áridos y desnudos allí donde la víspera había visto yo la tierra cubierta de exuberante vegetación.

[…] Ayer me llegué hasta la orilla de unos de los barrancos donde con frecuencia hemos herborizado juntos. Pues bien, el caserío de Quiquirá, el que tanto le gustaba a usted ya no existe…Sepultado bajo una capa de derrubios, apenas reconocí el sitio donde estaba. En sus alrededores todo es devastación: Nada de masas de verdor ni de pintorescos roquedos; En su lugar un verdadero caos. Y ese buen anciano, tan atento, tan afable, que nos acogió en su choza: Su vieja Úrsula, sus pobres hijos…¡Ya, nada! El huracán pasó sobre Quiquirá como una maldición del cielo. A la vista de este espantoso desastre, al recordar a los habitantes del caserío, me volví hacia la Providencia y le pregunté si ese hado fatal no ha sido un error.

Mi amigo Auber concluye su carta con este post scriptum:

Hasta ahora el número de cadáveres rescatados asciende a veintidós; El de personas ahogadas o sepultadas bajo los escombros es de ochenta y cuatro. Quinientas cabezas de ganado han sido arrastradas por las aguas. El número de casas destruidas se eleva a ciento noventa. Las pérdidas en viñedos son incalculables. Debo estos datos al Alcalde.

En vista de tan tristes noticias no tardé en ponerme en camino con el propósito de recorrer la isla y comprobar personalmente los desastrosos efectos del huracán. En La Laguna, el lago había recobrado sus antiguos límites. Todavía eran visibles, acá y allá, las techumbres de las chozas de los grandes árboles en medio de la vega sumergida.

En la zona de Candelaria las aguas torrenciales, procedentes de las tierras altas, batieron contra el convento de los dominicos, invadieron la capilla de la Virgen y se llevaron la imagen de la patrona venerada por los isleños. El Castillete de Candelaria, situado frente al convento, no sirvió de dique que contuviera el ímpetu del torrente: socavado por la riada, corrió la misma suerte que el de Santa Cruz. Un sargento de artillería, desdichado guardián de ese fortín aislado pereció con toda su familia: fue en vano que pidiera ayuda tocando la campana de alarma o de misericordia…Nadie se atrevió a cruzar el barranco, y la campana de rebato del convento respondió doblando a muerto. Es posible que en sus últimos momentos el infortunado guardián implorara el auxilio de la milagrosa Virgen que ahora compartía su destino.

A medida que me internaba en el valle de la Orotava, la ruina de la tierra aparecía en toda su magnitud: pero fue en el Noroeste de la Isla donde el huracán había descargado todo su furor.

El gran barranco de Tafuriaste, tan pintoresco por sus accidentados márgenes, sus cascadas y sus bosquecillos, estaba colmado de piedras y arena y, desde la Villa hasta el mar, nivelados por los derrumbamientos de los bordes. Trombas de agua precipitándose sobre varios puntos de la vaguada, habían ocasionado considerados desprendimientos: uno de los barrios del Puerto y el castillete de San Felipe sólo eran un amontonamiento de escombros.

Por la parte de Icod, el pueblo de La Guancha había perdido buena parte de sus vecinos y casi toda su cabaña. En fin, por todos sitios se veían casas sin tejados, árboles arrancados, viñas sepultadas por los arrastres…, todo ello testimonio de los estragos ocasionados por la tormenta.

Un novio francés, La Belle Gabrielle, empujado por la tempestad, fue a estrellarse contra los arrecifes del puerto. Dos marineros, milagrosamente salvados, me contaron el suceso con esa expresividad propia de los marinos: ”El viento soplaba como para descuernar a un buey”, me dijo uno de ellos. –“¿Visteis la isla antes del naufragio?” –“Claro que sí; navegábamos a palo seco, huyendo delante del viento; La mar nos comía y la noche era negra como un demonio. Os juro que todo ocurrió de repente: Una oleada nos cogió de través y dimos fondo con la quilla”. -” ¿ Y cómo pudisteis salvaros ? ” –“Suerte, fortuna de mar: Al primer golpe de un mastelero el capitán gritó: ‘¡Todo el mundo a popa!’… ¡Bah, no te j…! El silencio era absoluto, todo lo había barrido ya el mar. En cuanto a mi, me sentí lanzado no sé adónde, y me recogieron a continuación sobre el tejado de aquella desagradable casucha medio en ruinas… Mírela, allá abajo, en la orilla, delante de aquel peñasco bribón que nos hizo la fanea… Me llevaron al hospital con los riñones rotos y allí encontré a mi compañero: Eso es todo”. – ¿Era numerosa la tripulación?-“Veintiún hombres, y una renombrada nave salida de burdeos para la isla de Borbón”. –“¿Cuántos pasajeros? –“Uno sólo, un magnífico muchacho, hijo de un rico criollo de la colonia; Venía de Paris y regresaba, muy elegante, a su casa después de haber terminado sus estudios. Su familia lo esperaba en la isla… ¡Pobre muchacho! Lo encontramos ayer sobre la arena, junto al capitán”. Al decir esto el marinero miró al cielo y después bajó la cabeza.

Tan pronto como fue conocida en Londres la noticia del huracán, varias casas comerciales inglesas abrieron una suscripción para socorrer a los pobres isleños. Este acto filantrópico, de cuya recaudación se obtuvieron varios miles de libras esterlinas, fue motivado por una carta del señor Macgregor, cónsul de S.M.británica en las Islas Canarias, hombre de gran sensibilidad. Gratitud para él y para los señores Little y Bruce, los primeros en acudir en ayuda de tanto desdichado.

Pero todo hay que decirlo: Esa noble llamada a la solidaridad no encontró eco en el corazón de un hombre cuya misión era la de mitigar las tribulaciones del prójimo. El obispo de Tenerife al que se acudió para que contribuyera a favor de las necesidades más apremiantes, contestó diciendo que había dispuesto la celebración de públicos sufragios y oraciones… Misas para mitigar el hambre y cubrir las desnudeces. Algunas semanas después el prelado pareció cambiar de idea y se distribuyeron doscientas fanegas de trigo entre los habitantes de las zonas más afectadas. Esta tardía generosidad no pudo borrar la impresión que había producido la negativa primera.

Fuente. "Miscelaneas Canarias". Sabín Bertelot. Ed. Francisco Lemus Editor. 1997


Fuente: "La lluvia, un recurso natural para Canarias". Victoria Marzol Jaén. Editado por Caja Canarias.1988

 

 
                         
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