Seguramente habrá en Canarias
muchas personas que han vivido huracanes y saben perfectamente lo que
es. Lo que es menos probable es que ese huracán lo hayan presenciado
aquí, en este Archipiélago.
Han habido, efectivamente, fenómenos
meteorológicos adversos que todos hemos visto, como las lluvias
torrenciales del 31 de marzo en Santa Cruz. En 1957 en La Palma perdieron
la vida decenas de personas en un fenómeno parecido al de Santa
Cruz, aunque mucho más violento. Pero ninguno de estos fenómenos,
ni otros muchos que podríamos relacionar, parecen tener mucho
que ver con lo que se entiende propiamente como un huracán y
sus consecuencias.
Unelco-Endesa, junto con el ayuntamiento
de Santa Cruz, incluso con el apoyo de Wladimiro Rodríguez Brito
en su homilía de este domingo en El Día, nos quieren hacer
ver que lo que hemos vivido en Tenerife (no sólo en Tenerife,
sino en La Palma, en El Hierro o en Gran Canaria) la noche del lunes
28 de noviembre, fue un huracán en toda regla, incluso un sinvergüenza
de Unelco-Endesa ha llegado a darle la categoría dos a este supuesto
huracán. Y todo para intentar explicar lo inexplicable, que es
que a estos irresponsables se les hayan caído 150 torretas de
alta tensión, muchas de ellas completamente podridas.
Imagínense que quieren hacer
ver que ha pasado un huracán por un sitio que no ha sido siquiera
declarado zona catastrófica. En este sucio juego han entrado
todos, empezando por el PSOE, partido más comprometido, seguramente,
con los intereses de Unelco-Endesa de todos los que constituyen el arco
parlamentarios. Incluso el reportaje de Informe Semanal ha llegado a
decir que los vientos en Canarias estuvieron entre los ¡200-300
km/h).
Y, ¿por qué desde Coalición
Canaria, PP y desde el PSOE-Endesa-Unelco se está lanzando este
miserable mensaje? Muy sencillo, no es sólo la forma de justificar
su incompetencia y su golfería, sino que se trata, fundamentalmente,
de que Unelco-Endesa salve su cuenta de resultados y no tenga que indemnizarnos
a todos y cada uno de los ciudadanos o empresas que hemos sufrido este
disparate.
Todos, y al frete de todos ellos el
periódico El Día (principal empresa beneficiada de esta
desgracia a base de publicidad promociones y demás), se han lanzado
como locos a defender los intereses, una vez más, de Unelco-Endesa
y en contra de los intereses de la ciudadanía. Nada más
y nada menos que lo que han hecho siempre.
Hace unos meses el Fiscal Jefe de Tribunal
Superior de Justicia de Canarias abría diligencias a un ex político
cabreado que, al parecer, dijo unas improcedencias dirigidas hacia el
presidente del mismo Tribunal, después de ser absuelto en un
proceso judicial que duró ¡12 años! Pero no fue
que el jefe se sintiera ofendido y presentara una denuncia. No, no,
de oficio el personaje salió en defensa del honor de su Jefe.
Verdaderamente asombroso.
Pues esos mismos fiscales, siguiendo
instrucciones -al parecer- del Gobierno del PSOE (Unelco-Endesa), no
consideran oportuno abrir diligencias a Unelco-Endesa por un posible
delito tipificado en el artículo 350 del Código Penal,
en relación a las torres podridas.
Pero es más, el señor Martinón, para hacernos creer
no se sabe qué, llevó la propuesta al Cabildo de presentar
una denuncia por posible delito, pero como Ricardo Melchior, evidentemente,
ha dicho que ni de coña, pues el PSOE ha salido a lamentarse
a los medios de comunicación. Es asombrosos el nivel de cinismos
al que puede llegar esta gente. Señor Martinón, si usted
cree que hay delito no sólo es su deber, sino su sagrada obligación
como cargo público, dar traslado inmediato del tema, como mínimo,
a la Fiscalía, que controla precisamente su partido, independientemente
de lo que diga el señor Melchior que, por otra parte, se sabía
perfectamente lo que iba a decir antes de que se usted presentase esa
propuesta, como es lógico porque es de bien nacido el ser bien
agradecido y, otra cosa no, pero el señor Melchior es, en este
sentido, un auténtico "caballero". ¿A quién
pretende engañar, exactamente, el PSOE? Y decimos el PSOE sin
referirnos, evidentemente, a la mayor parte de su militancia que conocemos
del bochorno por el que están pasando en estas horas vergonzantes.
Bueno, bueno.... que se sepa que no
nos van a engañar, ni a los que alguna vez nos han engañado
y nos han sacado el voto, ni, seguramente, a muchos de los que nunca
han confiado en ustedes seguramente porque estaban mejor informados
que los otros. Pero eso creemos que se está acabando y ni aunque
Unelco-Endesa les financie una multimillonaria campaña con todo
el dinero que se ahorrará, gracias a ustedes y al huracán
que nunca existió, en su pretensión de no compensar a
la ciudadanía por sus multimillonarias pérdidas, creemos
que puedan seguir engañando al pueblo indefinidamente. Eso parece,
ya a esta alturas, que sea posible.
Si alguien tiene interés en conocer,
si no lo conoce, uno de los pocos episodios que se han producido en
Canarias que se podrían asemejar a un huracán, a continuación
les reproducimos un episodio que relató Sabin Berthelot que hizo
desaparecer, además de la vida de muchas personas en Tenerife,
un drago que había en La Orotava más imponente incluso
que el de Icod. Que no se conoce que esta tormenta haya dañado
a drago alguno. Ni el peor que está
de todos, en Tacoronte, ha sufrido daño alguno.
No es para alarmar a nadie, pero si
alguien lee lo que relata Berthelot, en una época en que los
barrancos estaban más o menos limpios, que la ocupación
del territorio no tenía nade que ver con lo que podemos encontrarnos
ahora, seguro que obligatoriamente tendrá que reflexionar sobre
lo que ocurriría si pasara algo semejante a eso por el sur turístico,
por poner un ejemplo. Lluvias torrenciales y vientos huracanados, las
dos cosas juntitas, algo con lo que algunos impresentables están
jugando ahora para no asumir sus responsabilidades intentando engañarnos
a todos.
Pero quizás lo importante no
sea eso, sino que reflexionemos sobre el hecho cierto de que si bien
el cambio climático está ahí y se pueden ver sus
efectos en el clima, no es indispensable condición para que nos
visite en huracán. Ya nos visitó uno, al menos, en 1826.
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EL HURACÁN
El 7 de noviembre de 1826 fue un día nefasto para los habitantes
de Canarias. Me encontraba en La Laguna unas horas antes de que la tremenda
catástrofe sumiera a los pueblos de Tenerife en la mayor desolación.
Tenía que regresar a Santa Cruz y el doctor Saviñón
me aconsejó que lo hiciera cuanto antes: “Desde esta mañana”
-me dijo- “mi barómetro indica que algo extraordinario
va a suceder… Despache pronto sus asuntos y váyase antes
de que caiga el chubasco, o puede ser algo peor”.
Me separé del buen doctor y, ya de camino, sus pronósticos
empezaron a manifestarse. El viento que soplaba del Suroeste a mi salida
de La Laguna, cambió bruscamente al Sur y después al Este;
pero lo que todavía non era más que una ventolina indecisa
que soplaba a ráfagas y mudaba de dirección, pronto se
volvió vendaval. El sol oscureció, las nubes acumuladas
en el horizonte ascendían rápidamente hacia lo alto, y
una larga estela caliginosa se extendía de oriente a occidente
como si el cielo se hubiese desgarrado. El pico Teyde, ese semáforo
de tormentas, se cubría con su negra capucha. Costaba respirar
en aquella atmósfera que la borrasca acosaba por todos lados.
Y una excitación nerviosa me invadía, como una premonición.
Entre esos inquietantes anuncios recibí un pronóstico
que había sido testigo en América: se trataba del huracán
de las Antillas, que llegaba con sus señales precursoras. Pero
en esta ocasión, lejos de aquellas latitudes, venía a
abatirse sobre una región que yo había creído a
salvo de sus estragos.
Gruesos y perdidos goterones anunciaban el aguacero. Todavía
no rugía la tormenta, el rayo no desgarraba las nubes, pero con
todo, el silencio de los elementos en medio de esas inquietantes señales
hubiera impresionado al más animoso.
Llegué a Santa Cruz a eso de la una. El mar se embravecía
por momentos, y la resaca estallaba contra el muelle donde me había
situado para contemplar la impresionante escena que allí iba
a tener lugar. En efecto, al poco se desencadenó una encarnizada
lucha de lluvia y viento que se mantuvo sin cesar hasta el día
siguiente. La tempestad fue terrible, espantosa, salvaje. El mar se
levantó desde el fondo de los abismos para invadir la costa.
El devastador huracán descargó sobre la isla su despiadada
furia. Dos grandes navíos rompieron sus amarras y fueron lanzados
a la playa; Un tercero, arrojado contra las rocas, se perdió
irremediablemente.
Eran la nueve de la noche. Yo me encontraba allí, como tantos
otros, con un grupo de marineros, dispuesto a socorrer a los desgraciados
náufragos. Nos aferrábamos a los parapetos del muelle
porque la violencia del viento, que levantaba los bloques de la escollera,
podía lanzarnos al agua. Un trozo de mástil vino a caer
a tres pasos de donde me encontraba y apareció un bulto con apariencia
humana: Era un marinero del buque americano que acababa de zozobrar…
¡El único superviviente de toda la tripulación!
Al hacerse de día se conocieron nuevos desastres. La rada estaba
barrida de embarcaciones y la lluvia y el viento no amainaban. Por los
barrancos que flaquean Santa Cruz corrían masas de agua cargadas
de residuos; Enormes troncos de árboles arrancados de los bosques
por la fuerza de la tormenta eran también llevados por la corriente,
que, al llegar a la costa lo arrastraba todo. El castillete de San Miguel
emplazado en la desembocadura de uno de los barrancos, fue arrastrado
hasta el mar con toda su artillería.
Las noticias llegadas del interior eran desoladoras. Se decía
que la zona de La Orotava era la más afectada y se hablaba
de espantosas desgracias. El número de muertos era impresionante
mis temores iban en aumento: Tenía allí amigos, sobre
todo uno, el más íntimo, cuya suerte ignoraba. Mi vivienda
podía encontrarse entre las inundadas, acaso en ruinas. Temblaba
por mis colecciones, por mis libros, mis manuscritos. Al cabo de dos
días de zozobra los caminos volvieron a ser practicables y
recibí una carta de mi querido Auber. Me comunicaba que mis
pertenencias apenas habían sufrido daños, pero la población
de La Orotava tenía que deplorar grandes pérdidas. Lo
que me decía en su carta era lo siguiente:
El 7 de noviembre el rugido de las olas fue más fuerte que
de ordinario: Su retumbar llegaba hasta la Villa, como un siniestro
presagio. A la puesta del sol el cielo se tornó amarillento
y pronto adquirió un terrible aspecto. A continuación,
un oscuro manto cubrió todo el Valle seguidamente calló
un tromba de agua y la tormenta llegó a su punto culminante.
Hacia media noche se dijo que la tromba lo iba a anegar todo. El fragor
de los torrentes que se precipitaban desde las montañas, los
desprendimientos de rocas, los aullidos de la tormenta no es posible
describirlos.
Jamás había visto nada parecido. Los relámpagos
iluminaban por instantes estas desoladoras escenas. Al día
siguiente por la mañana todavía soplaba el viento con
violencia y la lluvia seguía cayendo. Inquieto por la suerte
de mis vecinos me arriesgué a dar unas vueltas por el pueblo.
¡Qué espectáculo más triste! El espanto
se reflejaba en todos los rostros. Uno no se atrevía a hacer
preguntas, porque cada encuentro equivalía a descubrir nuevas
desgracias. En la parte oriental de la Villa, las calles eran impetuosas
torrenteras, y en los sitios donde el empuje de las aguas había
sido más violento, grandes brechas señalaban el lugar
que antes ocupaban las edificaciones llevadas por la riada. Los estragos
ocasionados por el huracán eran todavía más terribles
en el barrio de El Calvario: Allí, cadáveres que se
amontonaban en las iglesias heridos que eran llevados al hospital,
pobres huérfanos abandonados preguntando, inconsolables por
sus padres a todos cuantos se encontraban. ¡Era horrible! El
camino que lleva a este barrio estaba cortado por profundos tajos.
Y los campos, cubiertos por los arrastres, no eran más que
devastación y ruina. Chozas destrozadas, arenales áridos
y desnudos allí donde la víspera había visto
yo la tierra cubierta de exuberante vegetación.
[…] Ayer me llegué hasta la orilla de unos de los barrancos
donde con frecuencia hemos herborizado juntos. Pues bien, el caserío
de Quiquirá, el que tanto le gustaba a usted ya no existe…Sepultado
bajo una capa de derrubios, apenas reconocí el sitio donde
estaba. En sus alrededores todo es devastación: Nada de masas
de verdor ni de pintorescos roquedos; En su lugar un verdadero caos.
Y ese buen anciano, tan atento, tan afable, que nos acogió
en su choza: Su vieja Úrsula, sus pobres hijos…¡Ya,
nada! El huracán pasó sobre Quiquirá como una
maldición del cielo. A la vista de este espantoso desastre,
al recordar a los habitantes del caserío, me volví hacia
la Providencia y le pregunté si ese hado fatal no ha sido un
error.
Mi amigo Auber concluye su carta con este post scriptum:
Hasta ahora el número de cadáveres rescatados asciende
a veintidós; El de personas ahogadas o sepultadas bajo los
escombros es de ochenta y cuatro. Quinientas cabezas de ganado han
sido arrastradas por las aguas. El número de casas destruidas
se eleva a ciento noventa. Las pérdidas en viñedos son
incalculables. Debo estos datos al Alcalde.
En vista de tan tristes noticias no tardé en ponerme en camino
con el propósito de recorrer la isla y comprobar personalmente
los desastrosos efectos del huracán. En La Laguna, el lago había
recobrado sus antiguos límites. Todavía eran visibles,
acá y allá, las techumbres de las chozas de los grandes
árboles en medio de la vega sumergida.
En la zona de Candelaria las aguas torrenciales, procedentes de las
tierras altas, batieron contra el convento de los dominicos, invadieron
la capilla de la Virgen y se llevaron la imagen de la patrona venerada
por los isleños. El Castillete de Candelaria, situado frente
al convento, no sirvió de dique que contuviera el ímpetu
del torrente: socavado por la riada, corrió la misma suerte que
el de Santa Cruz. Un sargento de artillería, desdichado guardián
de ese fortín aislado pereció con toda su familia: fue
en vano que pidiera ayuda tocando la campana de alarma o de misericordia…Nadie
se atrevió a cruzar el barranco, y la campana de rebato del convento
respondió doblando a muerto. Es posible que en sus últimos
momentos el infortunado guardián implorara el auxilio de la milagrosa
Virgen que ahora compartía su destino.
A medida que me internaba en el valle de la Orotava, la ruina de la
tierra aparecía en toda su magnitud: pero fue en el Noroeste
de la Isla donde el huracán había descargado todo su furor.
El gran barranco de Tafuriaste, tan pintoresco por sus accidentados
márgenes, sus cascadas y sus bosquecillos, estaba colmado de
piedras y arena y, desde la Villa hasta el mar, nivelados por los derrumbamientos
de los bordes. Trombas de agua precipitándose sobre varios puntos
de la vaguada, habían ocasionado considerados desprendimientos:
uno de los barrios del Puerto y el castillete de San Felipe sólo
eran un amontonamiento de escombros.
Por la parte de Icod, el pueblo de La Guancha había perdido buena
parte de sus vecinos y casi toda su cabaña. En fin, por todos
sitios se veían casas sin tejados, árboles arrancados,
viñas sepultadas por los arrastres…, todo ello testimonio
de los estragos ocasionados por la tormenta.
Un novio francés, La Belle Gabrielle, empujado por la
tempestad, fue a estrellarse contra los arrecifes del puerto. Dos marineros,
milagrosamente salvados, me contaron el suceso con esa expresividad
propia de los marinos: ”El viento soplaba como para descuernar
a un buey”, me dijo uno de ellos. –“¿Visteis
la isla antes del naufragio?” –“Claro que sí;
navegábamos a palo seco, huyendo delante del viento; La mar nos
comía y la noche era negra como un demonio. Os juro que todo
ocurrió de repente: Una oleada nos cogió de través
y dimos fondo con la quilla”. -” ¿ Y cómo
pudisteis salvaros ? ” –“Suerte, fortuna de mar: Al
primer golpe de un mastelero el capitán gritó: ‘¡Todo
el mundo a popa!’… ¡Bah, no te j…! El silencio
era absoluto, todo lo había barrido ya el mar. En cuanto a mi,
me sentí lanzado no sé adónde, y me recogieron
a continuación sobre el tejado de aquella desagradable casucha
medio en ruinas… Mírela, allá abajo, en la orilla,
delante de aquel peñasco bribón que nos hizo la fanea…
Me llevaron al hospital con los riñones rotos y allí encontré
a mi compañero: Eso es todo”. – ¿Era numerosa
la tripulación?-“Veintiún hombres, y una renombrada
nave salida de burdeos para la isla de Borbón”. –“¿Cuántos
pasajeros? –“Uno sólo, un magnífico muchacho,
hijo de un rico criollo de la colonia; Venía de Paris y regresaba,
muy elegante, a su casa después de haber terminado sus estudios.
Su familia lo esperaba en la isla… ¡Pobre muchacho! Lo encontramos
ayer sobre la arena, junto al capitán”. Al decir esto el
marinero miró al cielo y después bajó la cabeza.
Tan pronto como fue conocida en Londres la noticia del huracán,
varias casas comerciales inglesas abrieron una suscripción para
socorrer a los pobres isleños. Este acto filantrópico,
de cuya recaudación se obtuvieron varios miles de libras esterlinas,
fue motivado por una carta del señor Macgregor, cónsul
de S.M.británica en las Islas Canarias, hombre de gran sensibilidad.
Gratitud para él y para los señores Little y Bruce, los
primeros en acudir en ayuda de tanto desdichado.
Pero todo hay que decirlo: Esa noble llamada a la solidaridad no encontró
eco en el corazón de un hombre cuya misión era la de mitigar
las tribulaciones del prójimo. El obispo de Tenerife al que se
acudió para que contribuyera a favor de las necesidades más
apremiantes, contestó diciendo que había dispuesto la
celebración de públicos sufragios y oraciones… Misas
para mitigar el hambre y cubrir las desnudeces. Algunas semanas después
el prelado pareció cambiar de idea y se distribuyeron doscientas
fanegas de trigo entre los habitantes de las zonas más afectadas.
Esta tardía generosidad no pudo borrar la impresión que
había producido la negativa primera.
Fuente. "Miscelaneas Canarias". Sabín Bertelot.
Ed. Francisco Lemus Editor. 1997

Fuente: "La lluvia, un recurso natural
para Canarias". Victoria Marzol Jaén. Editado por Caja Canarias.1988