Alfonso González Jerez
Bueno, ¿qué decir de una
isla cuyo reflejo en los periódicos están protagonizados
por una colecta para el pobrecito Obispado, la patriótica salvación
de un club de fútbol por parte de varias decenas de desinteresados
empresarios y la conmoción de una denuncia judicial que pretende
que los carnavales no se celebren en el centro de Santa Cruz? ¿Qué
decir, disculpen ustedes, que no entre directamente en lo escatológico?
Sinceramente creí que esto no iba a ser así. Pensé
que cualquiera de las alternativas sería piadosa conmigo: o la
Isla se sacudía la caspa o un servidor aprendería a convivir
con la caspa. Por desgracia no ha ocurrido ni lo uno ni lo otro. El
espejo de Tenerife tiene los destellos del cutrerío. Una sociedad
pacata, crédula, enbobaliconada, incapaz de vertebrarse, de exigirse
cambios y asumir riesgos, de romper con caciquismos materiales y simbólicos,
de reirse de sí misma y de sus miedos y fantasías. ¿Aquí
no hay nada más? ¿Aquí no se puede decir que el
Obispado de Tenerife negoció un seguro contra incendios en unas
condiciones penosas sin que un ágrafo impresentable intente apedrearlo
con su prosa taruga e inquisitorial? Si la Casa Salazar estará
reconstruida en un par de años, propongo quemar el teatro Leal
este fin de semana y dejar que arda hasta las cenizas, amén.
¿Y que tal carbonizar las miserables aulas informáticas
de los centros de educación secundaria? ¿Por qué
el Ayuntamiento de La Laguna cede automáticamente el usufructo
de la Casa Anchieta a los jerarcas de la Diócesis Nivariense?
¿El Obispado de Tenerife no tiene para pagarse el alquiler de
un local? La caspa cae suavemente, como una nevada inevitable, sobre
obviedades idiotizantes. Toda esa procesión de prebostes hacia
una ermita en El Sauzal para atender la filípica de un diputado
que se creería Eamon de Valera si supiera quien es Eamon de Valera,
y la presencia alienígena del gerente de Gestur sin el conocimiento
del Gobierno autonómico, y las sonrisas y los abrazos machotes
y los corrillas susurrantes y el diputado santificando la creación
de una promotora para salvar a un equipo de fútbol que es una
entidad perfectamente privada con una deuda astronómica, todo
esta impúdica mentecatez y ambición apenas maquillada,
esta concentración de narcisismo rapaz, ¿no exigiría
una condena de los partidos de la oposición, de los aficionados
del deporte, de los clubes y los medios de comunicación. ¿Que
alguien quiere suspender los Carnavales? ¿Están de broma?
Pero si no somos otra cosa. ¿Pretenden desidentificarnos?
Fuente: La Opinión de Tenerife,
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