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Sí-sí Emperador

En formol

Alfonso González Jérez

Arico es uno de los grande desconocidos entre los municipios tinerfeños: extenso, rural, con graves deficiencias en servicios e infraestructuras, pero con una innegable proyección turística. El guardián de su subdesarrollo y profeta de su enriquecimiento es Eladio Morales Borges, un alcalde que no sabe decir que no, pero que es muy selectivo a la hora de recordar cuándo dijo sí.

Algún día, muchos años después de que este biógrafo dominical quede eximido de sintetizar vidas ejemplares como las del alcalde de Arico, Eladio Morales Borges, un historiógrafo culminará un estado comparativo sobre los responsables municipales en el Tenerife profundo entre finales del siglo XX y principios del siglo XXI. El investigador encontrará un conjunto de rasgos comunes, incluso por siglas e identidades ideológicas, entre las que se encuentran un origen social humilde, una testaruda voluntad por superarlo, un don de gentes con colmillo retorcido, astucia pueblerina, infinita adaptabilidad, populismo clientelar y una férrea determinación de no abandonar la poltrona jamás. También abundan coincidencias circunstanciales que no son insignificantes, como el elevado número de ex empleados de CajaCanarias que ocupan alcaldías y concejalías.


Eladio Morales nació en Ortiz, uno de los puntos más altos del municipio de Arico. Su padre trabajaba en una galería de agua. El pequeño Eladio,que siempre fue dicharachero y agradablemente cuentista, recorría diariamente siete kilómetros para llegar a la escuela en el casco de Arico. Siete kilómetros de ida y siete de vuelta. Siempre sonriente, siempre dispuesto a contarle todo lo de los demás a todo quisque, siempre, incluso en lo más crudo del invierno, con pantalones cortos. Ya a los catorce años consiguió su primer empleo, por el que ganaba cuatro perras gordas, en la cámara agraria de Arico. Con poco más de veinte años, en 1966, entró como auxiliar administrativo en el Ayuntamiento, y durante la siguiente década realizó su particular cursum honorum municipal, llegando a interventor y a secretario. Después Morales ingresó en la plantilla de la Caja Insular de Ahorros, cuya aportación al personal político del municipalismo tinerfeño nunca será lo suficientemente reconocida. Las oficinas de CajaCanarias, aun hoy, no se diga hace un cuarto de siglo, resultaban lugares privilegiados para el contacto social, magníficas atalayas para dibujar la topografía del poder empresarial del municipio, oportunidades inmejorables para convertirse, en definitiva, en un hombre de provecho, propio y ajeno. Trabajador y eficaz, Morales llegó a la dirección de la sucursal de CajaCanarias en Arico a principio de los años ochenta.


Su desembarco en la política institucional no fue especialmente afortunado. En las elecciones municipales de 1983 se presentó por Alianza Popular y obtuvo resultados bastante modestos. ¿Por qué Alianza Popular» ¿Y por qué no» El mismo Morales insistía por entonces que era de AP hasta los huesos y, al mismo tiempo, que era más comunista que Santiago Carrillo, aunque jamás tuvo el detalle de precisar su concepto marxista de las relaciones de producción. Más que un marxista, Eladio Morales, cuyo patrimonio cultural cabe cómodamente en un tiesto de margaritas, maneja como una imperturbable artesanía la ubicuidad verbal, política, administrativa. Un espíritu lírico lo llamaría un extranjero permanente en el país de la verdad, pero a Morales la poesía tampoco le interesa en exceso. Apoyado por la media docena de grandes propietarios y comerciantes encabezó la lista de la Agrupación Tinerfeña de Independientes en los comicios locales de 1987 y desde entonces gobierna Arico por el procedimiento de convertir una zona económicamente deprimida y marginal en un caos recientemente especulativo desprovisto de equipamiento básicos y políticas sociales.


La voluntad de Morales es ley política en el consistorio, y para demostrarlo, el propio alcalde asume las competencias en materias como Urbanismo, Policía y Seguridad y Servicios Sociales. Desconfía de los delfinatos y los colaboradores imprescindibles y solo Álvaro Arvelo, concejal de la zona costera, cuenta con alguna confianza, siempre taimado y condicional. En realidad, el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Arico es unipersonal. El alcalde ejerce su control social gracias a una amable y atenta mediatización de las diecisiete asociaciones de vecinos, entre las cuales apenas existe un conato de disidencia, crítica argumentada o mínima autonomía operacional. Morales, cordial, amistoso, atento, nunca dice que no. Por eso lo han bautizado como “Sí-sí”.


Desde este pragmático punto de vista, Morales lo ha hecho tan bien que, en las elecciones de junio de 1999, obtuvo nueve de los trece concejales en disputa frente a los cuatro ediles del PSC- PSOE. Mientras tanto el disparate urbanístico en Arico ha adquirido proporciones surrealistas. El Plan General de Ordenación Urbana está sometido actualmente a exposición pública, y existen unas 400 alegaciones, aunque el alcalde se ha empeñado, ante muchos vecinos y algunos comerciantes, en defender él mismo sus alegaciones, en una voltereta circense indescriptible, negociando casa a casa, votante a votante, intentando disuadirlos o animarlos con patriarcales razones, pero primando siempre los intereses generales. Por ejemplo, junto a la iglesia del casco se levanta una casa de turismo rural, sobre la que hace años el alcalde siente la imperiosa necesidad de incorporarla al patrimonio municipal. Como los propietarios se han negado, la declara Bien de Interés Cultural. Los ejemplos abundan, como ocurre en la zona de El Río, donde el PGOU la convertido barrancos, montañas y hasta estanques en zonas urbanas. O en la Jaca. Morales no descansa.


Su principal inquietud, sin embargo, se centra en el antiguo cantón militar, que en su elástico PGOU se declara urbanizable, un millón de metros cuadrados donde Morales quieren instalar 2.500 camas turísticas, para lo cual insistió hasta el hartazgo a Ricardo Melchior y a su equipo en el Cabildo de Tenerife para que así se estableciera en el Plan Insular de Ordenación Territorial. Y lo consiguió: importantes capitales extranjeros, principalmente italianos, esperan abalanzarse sobre el pastel, un pastel de incluirá dos campos de golf y que puede convertir la zona en un remedo de Las Américas. El alcalde, por supuesto, asegura que la explotación turística de Arico será una fuente de puestos de trabajo y bienestar social, y promete, tal y como está haciendo desde los años ochenta, equipamiento urbanos para la zona, aunque en el PGOU de Arico: no prevee la instalación de consultorios médicos, guarderías ni instalaciones deportivas. De hecho, y salvando la furia autoconstructiva de los últimos años, la costa de Arico se encuentra en las mismas condiciones sociales y organizativas que cuando Morales entró como un espabilado administrativo en el Ayuntamiento: cientos de viviendas carecen de suministro eléctrico, agua corriente y/o conexión telefónica. Morales, sorprendentemente, tiene el propósito de que estos vecinos, quienes soportan unas condiciones de vida inauditas, costeen el equipamiento y los servicios básicos con contribuciones especiales para financiar los planes de actuaciones en los predios de la costa. Su profundo sentido social, sin embargo, le ha conducido a tranquilizar a los vecinos afirmando que, si no pueden abonar la contribución, él, es decir, el Ayuntamiento, les concederán líneas de crédito. En un reciente pleno, el portavoz socialista, Juan Torres, razonó el voto negativo del PSC a las contribuciones especiales, y preguntó al alcalde en qué iba a emplear los 1.600 millones recibidos por compensación por el mantenimiento del vertedero de basuras en Arico. “¿Por qué estrangular a los vecinos con contribuciones especiales si el consistorio cuenta con una inyección económica extraordinaria»”. Morales lo miró, negó con la cabeza y respondió: “Tú estás loco, Juan, tú estás loco...”.

Fuente: La Opinión de Tenerife


 
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